ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Acechanzas post pandemia a la fe

Por: P. Guillermo Marcó

Secuela espiritual. El aislamiento con el consiguente repliegue sobre nosotros mismos debido a las restriciones sanitarias no debe incapacitarnos para reconocer la presencia de Dios a nuestro lado.
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Hace poco hicimos con los jóvenes de la parroquia un retiro de profundización. A continuación transcribo unos párafos citados en uno de los ejercicios espirituales que también usted amigo lector puede hacer:

“Después de la muerte de Jesús reinaba el desconcierto. Fiel reflejo de este estado de ánimo es el relato de los discípulos de Emaús (Lc. 24,13-35). Los dos hombres habían salido de la ciudad por la tarde. En su camino primaba en ellos la decepción. Aquel era el tercer día tras la muerte de Cristo. Se sentían frustrados ante la propuesta que Jesús les hizo. Ya no esperaban nada; la amargura los había vencido. Estaban tan seguros de que no había nada detrás de la muerte que ni se habían molestado en ir al sepulcro. Eran de esos que se imaginan que creen, que se imaginan que esperan, pero que se vienen abajo ante la dificultad”

Si pensamos cómo era nuestra vida “normal” en el 2019 nos vamos a encontrar posiblemente con que cada uno tenía sus sueños y proyectos. Pero de repente la pandemia y el encierro nos cortó el camino. Cuando retomamos lentamente el camino lo hacemos -como esos dos discípulos- con el semblante triste y el paso cansado, arrastrando sueños rotos, afectos perdidos en el laberinto de la muerte y el dolor.

A aquellos discípulos se les apareció en el camino Cristo, pero algo les impedía reconocerlo. Sus ojos no podían reconocerlo; no es que el Señor fuese distinto, sino que tenían los ojos cegados por la tristeza.

En este largo paréntesis de la vida, quizás una de las imágenes más impactantes fue, al comienzo de la pandemia, la del Papa Francisco en la soledad de la Plaza de San Pedro haciendo una oración para pedir por el fin de la propagación del coronavirus.

Surgía entonces una pregunta entre los creyentes: ¿Dónde está Dios? ¿Nos ha dejado el Señor en medio de nuestro dolor y soledad?

A los discípulos de Emaús les parecía tan imposible que el Maestro regresara que ni se plantearon la posibilidad de que pudiera ser Él. Aquí pues nos tenemos que preguntar por qué.

¿Por qué no reconocen su rostro después de haberlo seguido por tres años? ¿Por qué no reconocen su voz después de haber escuchado todo el día su llamada? ¿Por qué no reconocen sus palabras después de haberlo oído predicar? Tal vez es porque, como ellos mismos admiten, el Señor ha desilusionado las esperanzas que tenían, de que fuera el libertador de la nación de Israel.

El impedimento para reconocerlo no es que no tengan a Jesús al lado, caminando con ellos; es que ellos esperan ver a alguien diferente. Así nunca verán a Jesús por más claro que se les aparezca. ¡La esperanza que ellos habían tenido, pequeña y a su medida, no les deja aceptar la gloria y el gozo de la resurrección!

El Señor les pregunta qué les pasa, ¿de qué venían hablando por el camino? Y poco a poco les hace ver que las cosas tenían que ser así: “El Mesías debía padecer para entrar así en la Gloria”.

Cuando llegan al final del día lo invitan a quedarse y compartir su mesa. Y cuando Jesús parte el pan se les abren los ojos y lo reconocen… Pero para entonces él ya había desaparecido de su vista.

Hace falta salir del ensimismamiento para reconocer a Jesús, que camina a nuestro lado.

Si en este camino errático perdiste la fe en Jesús, él sigue caminando a tu lado. Aunque no lo veas, quiere que arda tu corazón al leer la escritura y que puedas abrir los ojos para reencontrarlo en la eucaristía. Solo hace falta que quieras buscarlo.