ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

Apostar a la vida, la mejor decisión

Por: P. Guillermo Marcó

Un embarazo no querido suele causar dudas, temores y hasta angustia. Pero el camino del aborto acarrea, a la larga, dolor por la pérdida. En cambio, la opción por seguir adelante conlleva la felicidad que solo un hijo puede dar.
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Todos juzgamos que nuestra vida es valiosa, la cuidamos e intentamos hacerla lo más feliz posible. Amamos también a nuestras madres y nos parece natural que ellas nos amen. A todos sin duda nos costaría imaginar a nuestra madre llorando a mares por haberse enterado de que estaba embarazada de nosotros. Menos aún sintiendo el deseo de eliminar nuestra vida incipiente mientras nos desarrollamos inconscientemente en su
seno. Pero en muchas circunstancias un hijo plantea interrogantes. Sería desconocer la realidad negar
este aspecto que algunas veces conlleva un embarazo. 
Nadie llega a un aborto en forma despreocupada y con alegría. Se llega confundido y acorralado por las circunstancias. He defendido la vida siempre en numerosos artículos, en la radio y en la tele y cada vez que se plantea esta discusión me parece que no se discute nada, sino que cada uno se cierra en su postura, se agravia y no se busca comprender el centro del problema para intentar darle una solución, al menos en lo que
nos compete a los sacerdotes desde el punto de vista pastoral.
 Hace muchos años una mujer se me acercó y me pidió de charlar. De mediana edad, su rostro expresaba 
tristeza. Fue entonces que me contó que tenía dos hijas, una de ellas enferma de cierta gravedad. “Yo esto ya lo pasé porque ya se me murió una hija, pero no se enfermó, yo provoque su muerte”, me dijo angustiada. Y me narró las circunstancias en que sucedió: lo joven que era y lo poco preparada que se sentía para ser  madre,   la presión que recibió “para sacármelo de encima”. Ella pensaba que “quizás, si hubiese sido más fuerte, lo habría tenido”. Tuve que insistirle mostrándole como Dios nos perdona siempre que nos arrepentimos
del mal que hicimos. A veces -le dije- los que no nos perdonamos somos nosotros. Cuando alguien cometió un
aborto y el paso del tiempo le trae otros hijos y toma conciencia de lo que hizo, le resulta doloroso. Ve crecer a los que tiene y calcula la edad del que no vio nacer. Es duro, pero es así. La decisión de abortar se toma en poco tiempo. En cambio, la conciencia de lo que se hizo dura toda la vida. 
En general, el silencio es cómplice: las mujeres suelen comunicar su embarazo a pocas personas. El hombre  muchas veces no sabe qué hacer. Y, si desea tener a ese hijo, carece de modo de evitar que la mujer recurra al aborto. Una palabra segura y de aliento, tras animarse a hablar del tema, ayuda a encontrarle sentido a esa vida que viene y puede ser -y es- la solución. Como no se lo ve a ese hijo, pareciera que el aborto es la mejor opción. Sin embargo, si se lo evita y nace y se lo ve crecer, las personas se sienten felices por la decisión
que tomaron. 
Recuerdo a jóvenes que se me acercaron y que estaban en la duda.  Que estaban de novio, ambosestudiando y pude convencerlos de que siguieran adelante con el embarazo, que una vida era un regalo de Dios y así tenían que recibirlo. Con el paso de los años fui viendo crecer a esos niños y observando como sus padres -y sus abuelos- los aman con locura, y me resulta inevitable pensar que podrían no haber nacido.
¿Por qué no aplicar los recursos que se gastarían en estas intervenciones a la contención de las mujeres 
que quieren ser madres, pero que las circunstancias duras de la vida las empujan a interrumpir el embarazo? La vida debe ser valorada como un don de Dios. Cuidarla debe ser tarea nuestra, ya que todo ser humano merece la oportunidad de vivir, de amar y ser amado. Como amamos a nuestra medre y ella, a nosotros.