EVOCACIÓN A 200 AÑOS DE SU MUERTE

Belgrano, un prócer que abrazó con fervor su fe cristiana

Por: Roberto Colimodio

El vencedor en batallas clave de la Independencia y creador de la Bandera dio sobradas muestras de su catolicismo practicante tanto en su vida pública como privada. Un ejemplo de lucidez, coherencia, honestidad y probidad.
Comparte

El general Manuel Belgrano decía en su testamento fechado en Buenos Aires el 25 de Mayo de 1820: “creyendo ante todas las cosas como firmemente creo en el alto misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios y sacramentos que tiene, cree y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir como católico y fiel cristiano que soy, tomando por mi intercesora y abogada a la Serenísima Reina de los Ángeles María Santísima, madre de Dios y Señora nuestra, a su amante esposo el señor San José, al ángel de mi Guarda, santo de mi nombre y devoción...”

En rigor, en sus últimas disposiciones casi la mitad de las palabras -más de 300- fueron dedicadas a aspectos de su fe cristiana. Pero no es algo que debe asombrarnos o darnos a pensar en un hombre recién volcado a la fe que quiere ganarse el cielo a último momento.

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González nació en el seno de una familia de tradición cristiana; por el lado materno había
una larga lista de parientes eclesiásticos. Cursó sus primeras letras en el colegio de Santo Domingo, de cuyo Convento sus padres eran terciarios y con cuyo hábito pidió ser vestido para su sepultura.

Durante sus estudios en España (Salamanca, Valladolid y Madrid) recibió la influencia de las nuevas corrientes de ideas como la Ilustración Española, que a diferencia de la francesa no descartaba la religión y el respeto a la figura del Rey. Obtuvo además la licencia del Papa para leer los libros prohibidos.

Durante toda su vida pública y privada Belgrano dio sobradas muestras de su catolicismo practicante. Permanente difusor de la religión, promovía desde el Consulado, primero, y desde la Junta, después, la enseñanza del catecismo en las escuelas. Como Secretario Perpetuo del Consulado del Virreinato del Río de la Plata las sesiones del cuerpo se realizaban bajo la advocación de María.

Desde el Correo de Comercio sostenía que la religión era el principal e indispensable respaldo moral del Estado y el apoyo firme de las obligaciones del ciudadano. “Riámonos de las virtudes morales que no estén apoyadas por nuestra Santa Religión. La razón y la experiencia nos lo enseñan constantemente”

Recomienda a los párrocos que atiendan “más a los pobres vivos que a los pobres muertos”. Cada parroquia sería una escuela de capacitación y de trabajo para que ambos sexos puedan tener un porvenir venturoso, como lo reglamentó en los pueblos de las Misiones.

En sus Memorias, cartas y documentos da muestras constantes y concretas de respeto hacia la Santísima Virgen María destacando el aspecto maternal y el carácter mediador de ella frente a su Hijo Jesús.

El misterio de la Purísima Concepción se potencia en el accionar belgraniano, siendo el símbolo que identifica a los americanos en momentos de producirse la Revolución y la Independencia. Es el Misterio de la Inmaculada Concepción que se opone al Misterio de los Derechos de Fernando VII que esgrimen los separatistas.

Ya como general, amante del orden, impuso a sus tropas una disciplina espartana. Bajo su mando se terminaron los bailes, mujeres y juegos de azar. Fue celoso guardián por las noches de la disciplina sorprendiendo a sus oficiales. Para Bartolomé Mitre sus reglas eran monásticas acompañadas de continuas prácticas religiosas. Era también extremadamente severo respecto de la vida privada de sus hombres, por ello se ganó el mote de “Bomberito de la Patria”.

Es el hombre agradecido a Dios y a la Virgen, a quienes atribuye el triunfo en la batalla de Tucumán “por los favores que mediante su intercesión nos dispensó el Todopoderoso” y, por ello, como gratitud remite las banderas tomadas del Real de Lima como ofrenda de gratitud para el templo de Nuestra Madre y Señora de la Mercedes.

Como por la batalla no pudo celebrarse la festividad de la Virgen de las Mercedes (24 de setiembre), los festejos se realizaron un mes después con solemne procesión y es allí donde Belgrano entrega su bastón de mando a Nuestra Señora nombrándola Generala del Ejército y Patrona de la Libertad de América.

Belgrano es quien dice que se necesitan para gobernar hombres cristianos y de juicio, y al mismo tiempo vivos como el azogue; que en el acierto de esa elección estaba la felicidad o la infelicidad de los pueblos.

Luego de la victoria de las armas en Salta reconoce que “todo se debe a la singular protección del Dios de los Ejércitos” disponiendo Misa de Gloria con Te Deum (sic)... y nuevamente ordenó que las banderas tomadas se presentasen a los pies de Nuestra Señora en su templo de Luján (Buenos Aires) por los “beneficios dispensados”. En es por entonces villa Belgrano pasó varias jornadas y cuentan las crónicas su concurrencia a diario a misa en la hoy basílica.

Al recibir 40 mil pesos como premio por sus victorias por parte del Gobierno, decide donarlos con el fin de dotar a 4 escuelas “para enseñar a leer, escribir y contar, la Gramática Castellana; los fundamentos de nuestra Religión Sagrada y la Doctrina Cristiana, por el Catecismo de Astete y Fleury y el Compendio de Pouget; los primeros rudimentos sobre el origen y objeto de la Sociedad; los derechos del hombre en ésta y sus obligaciones hacia ella y al gobierno que la rige…”.

Son coincidentes los testimonios de contemporáneos y de camaradas de armas sobre sus prácticas religiosas incluso antes de la batalla y a la vista del enemigo como sucedió en Ayohuma, lo que le valió las críticas posteriores de los generales Lamadrid y Paz en sus Memorias de haber perdido una oportunidad de atacar al ejército realista mientras se celebraba misa.

Aconseja incluso al mismísimo San Martín que no olvide “que es un General Cristiano, Apostólico Romano, cele Ud. que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto de cuanto diga a nuestra Santa Religión; tenga presente no sólo a los Generales del Pueblo de Israel, sino a los de los Gentiles…”

Además, le recomienda que el ejército que le dejaba “se compone de hombres educados en la Religión Católica que profesamos (...) que si bien los Pueblos del Perú reducen la Religión a exterioridades son muy celosos de ella…”. Y que, aunque se rían, que se realice diariamente el rezo del Rosario y el uso de escapularios en el pecho de los soldados.

Si bien no pasó por la Iglesia para contraer matrimonio o reconocer a su descendencia fue habitual su padrinazgo en bodas y bautismos, tanto en Buenos Aires con sus sobrinos como en Tucumán con sus amigos, siendo curioso el episodio de sus tres edecanes (Helguera, Salvigni y Pinto) que el mismo día se casaron con tres hermanas Garmendia, siendo el general Belgrano el padrino de los tres novios.

También Belgrano, como cristiano coherente, creía en la doctrina de la segunda venida de Cristo y consideraba que Manuel Lacunza la exponía con claridad en su obra “La venida del Mesías en gloria y majestad”. Por ello, mandó hacer y solventó de su bolsillo una edición en Londres en 1816 para su difusión en las Provincias Unidas. Este es un punto que muchos de sus biógrafos no suelen tratar.

Ferviente católico practicante de su devoción mariana, Manuel Belgrano nos dejó además de nuestra bandera claros ejemplos de coherencia de espíritu, lucidez meridiana y un legado de honestidad y probidad. Dio todo sin pedir nada a cambio, preocupado por la tierra querida que dejaba y por pagar sus deudas. Es que murió tan pobre que su lápida fue confeccionada con el mármol de una cómoda de su hermano.

A 200 años de su paso a la inmortalidad nuestra sociedad actual debiera reflejarse e iluminarse, aunque sea un poco de su vida ejemplar.