Domingo 14.04.2024

el dialogo ecumenico e interreligioso

“Católicos y evangélicos debemos anunciar juntos a Jesucristo”

Por: Jesús M. Silveyra

Lo dijo el franciscano Raneiro Cantalamessa, desde hace 32 años predicador de la Casa Pontificia, que visita por estos días el país.
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Desde hace 32 años es el predicador de la Casa Pontificia. O sea que entre sus oyentes se cuenta nada menos que el Papa. De hecho, Juan Pablo II tuvo asistencia casi perfecta a sus prédicas. Como ahora Benedicto XVI. Se trata del sacerdote franciscano Raneiro Cantalamessa, de 78 años, que visita por estos días el país para participar en una serie de  encuentros.  En el que organizó el Departamentode Laicos de la Conferencia Episcopal, el lunes pasado, habló sobre los principales desafíos que, a su juicio, enfrenta la fe de los creyentes hoy: el cientificismo, el secularismo y el racionalismo. Luego, habló para  VR.
-A luz de los tres desafíos que mencionó en la charla, ¿cuál es el papel del diálogo interreligioso? -Todas las religiones enfrentan, con sus matices, estos mismos problemas. Creo que ahora tenemos la posibilidad de no poner a una religión en contra  de otra, sino de utilizar todas las energías para contrarrestar este fenómeno que reduce la vida humana a la materia y quita al hombre el sentido trascendente de la vida, dejándolo sin la esperanza de una vida eterna. Creo que todas las religiones, sobre todo las  monoteístas, que tienen la idea de una recompensa eterna y de un Dios personal que nos ama, que nos puso en el mundo por amor y que nos espera, pueden trabajar juntas y hallar formas de acción común.
-¿Cuál es el aporte que en este sentido puede hacer el reencuentro entre los cristianos? -Es mayor, porque no solamente compartimos la fe en un Dios que nos creó y nos recompensa, sino en un Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros, en la persona de Jesucristo. Como decía Juan Pablo II: “Es mucho más  importante lo que tenemos en común, que aquello que nos separa o nos distingue”. Creo que cada día se está tomando más conciencia de ello. No hay motivo, ni tiene sentido pelear entre nosotros acerca de “cómo el pecador se vuelve justo”. Eso era en tiempos  de Lutero. Ahora debemos anunciar juntos a Cristo en un mundo que perdió el conocimiento de su persona. -Usted habló del Espíritu Santo y la necesidad de  renovarnos en Él. 
¿Estamos viviendo un nuevo Pentecostés o se vivió siempre? -Las dos cosas. Podemos hablar de un Pentecostés cotidiano, que recibimos a través de los sacramentos y de la Palabra de Dios. Pero hay momentos en la historia de la Iglesia, cuando la acción del Espíritu se vuelve más visible y clamorosa. No se puede negar que en el siglo pasado, empezando primero en algunas iglesias pentecostales y luego, a mitad del siglo, en la Iglesia Católica, se asistió aesta clase de “nuevo Pentecostés”. Es decir, a la renovación de carismas y manifestaciones del Espíritu Santo que no se conocían, que se habían perdido de vista.
-¿Cómo ve a la Argentina en este terreno del diálogo ecuménico respecto a otros países? -Aquí, en Ámerica Latina, me parece que el diálogo se entendió  en una forma particular, ya que se trata de países muy católicos,  donde la expansión de los evangélicos, sobre todo de los pentecostales, fue percibida por algún tiempo como una agresión. Entonces, este encuentro que se hará en el Luna Park debe ser vivido como un signo providencial y precioso, porque inaugura un nuevo camino, no de contraposición, sino de colaboración. Creo que la manera de superar esta lucha entre los cristianos es reconocernos mutuamente como hermanos en Cristo, orar juntos y amarnos. Por sus función en la Casa Pontificia tuvo que predicarle muchas veces al beato Juan Pablo II.
¿Qué representó semejante responsabilidad y, a la vez, esa preferencia? -Fue una responsabilidad que al principio viví con cierto temor, pero luego, como una bendición. Yo predico todos los viernes de Cuaresma y de Adviento. Juan Pablo II nunca faltaba. Sólo una vez por un viaje por América Central, y el viernes siguiente me pidió disculpas. Para mí era un ejemplo. Estar a su lado fue un privilegio. Tenía una visión tan completa del mundo, de la espiritualidad, de la cuestión social. Una visión muy profunda, admirable. Era un hombre de oración, que siempre parecía estar en diálogo con un interlocutor invisible. Un santo.