ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

Contra la justicia por mano propia

Por: P. Guillermo Marcó

Desde Caín y Abel la violencia signó el devenir del mundo. La tentación de ponerse por encima de la ley y la sed de venganza fueron fuertes. Pero nada bueno trajeron a la humanidad. En contraposición, el mensaje de Jesús.
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El hombre es bueno o es malo? ¿Por qué mientras algunos educan, construyen y generan vida a su alrededor, otros se adentran en la delincuencia, destruyen y cercenan la vida ajena? ¿Merecen estos delincuentes ser linchados por la gente?
Los primeros capítulos del Génesis nos dicen que “Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno”. Mientras le dure la vida, el hombre hace lo que quiere; cuando se le termine, Dios lo va a juzgar. Dios es omnipotente, pero se retiró de un solo lugar: “la libertad del hombre”. Él no quiso obligarle a amarle y a vivir en el bien. Le dio una enorme dignidad y también la capacidad de desaprovecharla.
De hecho, este drama humano que se repite de generación en generación está plasmado en las primeras páginas de la Biblia. El hombre podía comer de todos los árboles del jardín, menos del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si el hombre es criatura, el bien y el mal no dependen de su propio criterio: los mandamientos los pone Dios.
Después de desobedecer, a Adam y Eva se les abren los ojos y lo que descubren con su nueva sabiduría, adquirida a costa de la rebelión, es que están desnudos. La desnudez, no tiene aquí nada que ver con el erotismo, sino que lo que descubren es su indefensión frente a una naturaleza, que se les volverá hostil. Se esconden de Dios porque tienen miedo, se acusan mutuamente y terminan expulsados del Paraíso.
A partir de aquí se desencadena lo que se llama “la espiral de la violencia”: Empieza con Caín y Abel -el primer fratricidio-, hasta que se concluye en el Génesis 6, 5: “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber puesto al hombre sobre la tierra … Pero Noé fue agradable a los ojos del Señor”.
¡Solo el bien corta la locura de la violencia! Lo que nuestras sociedades padecen hoy no es más que un capítulo actualizado de esta historia que se repite de generación en generación.
Frente a la desmedida venganza que existía en la antigüedad, un soberano de Ur de los Caldeos, Hanmurabí, escribió un código de leyes. La famosa ley del Talión tuvo su origen allí: “Ojo por ojo y diente por diente” Eso indicaba una proporcionalidad en la pena por el delito cometido. Sin embargo, últimamente en nuestro país algunas personas tienen una reacción desmedida, de locura, frente a un hecho ciertamente condenable como un robo. “Si me robás el celular te mato a patadas” parece ser el axioma de cierta gente que se siente legítimamente habilitada para, como suele decirse, “hacer justicia por mano propia”.
La Iglesia viene siendo clara en condenar estas actitudes y en señalar que son las instituciones de la república las que deben actuar, y hacerlo con eficacia. El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, acaba de recordar que “los católicos no debemos agregar ni una gota de violencia”.
En “Crimen y Castigo”, la célebre obra de Fiódor Dostoievski, Raskolnikov, el protagonista, se yergue como un superhombre y pretende situarse por encima del bien y del mal. Para demostrarlo, comete un homicidio. Y así se convence que no debe acatar ninguna ley moral. Su lucha por conquistar esa impasibilidad que lo exime del pecado no puede sobreponerse a su conciencia, que desde lo hondo de su espíritu le dice que es un criminal.
A todos nos duele el delito sin control y la ineficacia del marco legal actual para detenerlo, pero nada me habilita a convertirme en un potencial o real asesino del que me hizo un daño. Jesús también fue víctima de la violencia y la injusticia que terminó con su propia vida. Murió junto a dos ladrones. Uno lo insultaba, el otro reconoció que su pena era justa y pidió clemencia: “Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”, y Jesús le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Claramente creyó que un ladrón podía arrepentirse.