ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

El arduo camino hacia la paz

Por: P. Guillermo Marcó

El recrudecimiento del conflicto árabe-israelí no debe detener los esfuerzos en favor del entendimiento. Pero debemos ser conscientes de que el camino empieza en nuestro corazón, desalojando el odio. El aporte de la oración.
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¿Ha servido para algo el diálogo interreligioso en el proclamado proceso de paz en Medio Oriente? Cómo no contrastar las imágenes conmovedoras del encuentro de oración en el Vaticano –cuando el Papa Francisco junto al entonces presidente de Israel, Shimón Peres, y al de Palestina, Mahmud Abbas, rezaban por la paz- con las imágenes devastadoras de la destrucción en Gaza que no respetaron escuelas ni hospitales.

En el año 2005 -promovido por el Instituto de Dialogo Interreligioso- el entonces cardenal Bergoglio, en su condición de arzobispo de Buenos Aires, y los presidentes de la DAIA y del Centro Islámico firmaron una declaración contra el fundamentalismo y sus derivaciones violentas, y a favor de la paz. Aquí reside el núcleo del problema. Porque no todos quieren la paz; algunos, porque la guerra les da réditos políticos; otros, económicos (Francisco suele denunciar con valentía el comercio de armas como un gran motor de los conflictos), y otros, porque tienen en la desaparición del otro -por motivos ideológico/religiosos- la fundamentación de su existencia.

Escuchar de los fundamentalistas islámicos que “Israel debe desaparecer” o de jóvenes israelíes de derecha que “mañana no habrá clases en Gaza porque matamos todos los niños” o de una diputada del parlamento Israelí, que declaró en las redes sociales que “hay que asesinar a las madres de los terroristas palestinos porque engendran pequeñas serpientes”, son declaraciones que aterran a los mejor intencionados.

¿Qué tiene que ver la Argentina en este proceso? Alguien me dijo hace muchos años que “la casualidad es el dios de los tontos”. No creo en las casualidades. A lo largo de muchos años el diálogo de las tres comunidades en nuestro país ha sido constructivo y fecundo. Hoy uno de sus mejores exponentes está sentado en el trono de Pedro. El párroco católico de Gaza es un argentino: Jorge Hernández. En el mes de febrero viajamos juntos 45 argentinos de las tres confesiones monoteístas a Jordania, Israel y Palestina para compartir nuestra experiencia de confraternidad y diálogo antes del periplo papal, que coronamos en Roma con un encuentro con Francisco. Tres meses después, se producía el peregrinaje del Papa por Tierra Santa, que dejó imágenes y gestos elocuentes como el abrazo con otros dos argentinos, el rabino Abraham Skorka y el dirigente islámico Omar Abboud ante el Muro de los Lamentos.

El mundo no puede seguir dando la espalda a un conflicto que en gran parte generó. Israel no puede desconocer los derechos ancestrales de los pobladores de la tierra que fue suya por siglos. Fueron las Naciones Unidas, con el aval de Inglaterra -que poseía esos territorios como colonia-, que decidió crear el Estado de Israel, haciéndose eco de la necesidad de un lugar para que todos, judíos y palestinos, vivan en paz.

Los países de América tenemos fronteras abiertas. Israel tiene las fronteras cerradas a los palestinos, y además, han impuesto un bloqueo por mar a la Franja de Gaza. Muchas veces las condiciones injustas generan resentimiento y violencia ¿Es lícito responder con más violencia? Sin duda Israel tiene derecho a defenderse.

Ningún conflicto va a alterar mi deseo de servir a la causa de la paz, ahora más necesaria que nunca. Jesús me enseñó que las batallas se libran primero en el corazón. Cuando uno decide dejar entrar el odio, es difícil desalojarlo. Como dice el misal romano: “Que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza y crezca en nosotros el deseo de la paz”. Los primeros acuerdos de paz nacen en nosotros mismos, en intentar entender, en compadecerse de las víctimas, sean del color que sean, porque cuando nos hieren, el color de la sangre derramada es el mismo.

A pesar de que parezca un gesto inútil, es importante seguir rezando por la paz. Una paz justa y duradera para quienes habitan la
Tierra Santa.