El becerro de oro y las Tablas rotas

Por: Daniel Goldman

Moisés. Los textos talmúdicos sobre el profeta ofrecen metáforas que invitan a reflexionar sobre la propia vida.
Comparte

Aproveché para leer, durante este verano, un pequeño libro que había adquirido tiempo atrás en la librería del barrio. Se llama Metáforas de la vida cotidiana. En sus páginas, sus autores, el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson, afirman que la metáfora no es específicamente un mecanismo de embellecimiento retórico, es decir no es una suerte de ornamento para incrementar hermosura a la palabra, sino que es un elemento indispensable del lenguaje cotidiano que afecta nuestro modo de percibir, de pensar y de actuar. En ese sentido, añaden que las metáforas cumplen dos funciones: por un lado nos orientan y por otro nos interpelan.

Estos conceptos me sirven para comprender otra dimensión del texto bíblico en una relectura más intensa. Acorde a la tradición judía, el sábado pasado leímos en Éxodo, capítulo 32, el conocido pasaje que relata que cuando Moisés desciende del Monte Sinaí con las Tablas de la Ley, encuentra que su pueblo había erigido un becerro de oro. Al confrontarse con esa escena dramática y devastadora, el gran profeta se detiene, arroja las tablas y las quiebra. La metáfora expresada en esta saga ha sido interpretada de una manera muy bella por el filósofo Martín Buber en su libro Moisés, traducido al español por el gran Julio Cortazar. Escribe Buber: “decir que Moisés debe haberse desilusionado sería un simple eufemismo. Sería más preciso decir que al igual que las tablas, quien estaba quebrado era el propio Moisés”. O sea que es el mismo líder quien experimenta el hondo sentido de la fragilidad. Lejos de ser nosotros como ese gigantesco hombre, el acto del quiebre representa la metáfora de un tránsito en la que nos sentimos interpelados por el miedo, la decepción, y la vulnerabilidad ante aspiraciones incumplidas y esperanzas insatisfechas. Cuántas veces permanecemos desgarrados como esas tablas despedazadas.

Pero acto seguido, el entendimiento talmúdico nos obsequia otra metáfora, en el que testimonia que en el Arca Sagrada construida en el desierto, se guardaron los fragmentos rotos junto al segundo par de Tablas que iría a recibir Moisés, al poco tiempo de haber transcurrido el triste acontecimiento. Sin eufemismos se nos indica que hay quiebres que siempre vamos a llevarlos a cuestas. Pero a su vez, al cargarlos con nosotros podemos descubrir la asombrosa maravilla de la renovación.

El rabino de Apt, un sabio del siglo XIX sostuvo que se deben llevar todas las tablas, porque las nuevas están hechas con los fragmentos de las rotas, y porque las rotas despiertan la energía para crear algo nuevo a partir de lo que una vez se quebró. Aunque una parte siempre permanezca rota, los quiebres, inclusive los traumáticos nos interpelan a reestablecernos.

En estos tiempos en los que nos encontramos rodeados de tanta enfermedad y dificultades, en este período de tantos quiebres, los invito a revivir la metáfora de las Tablas. Apelo a que tomemos los fragmentos rotos para construir algo nuevo y significativo. Los convoco para que podamos volver a descifrar y resignificar el bello sentido de la existencia.