Miércoles 05.08.2020

MUSULMANES

El Café Izmir , emblema de convivencia interreligiosa

Por: Ricardo Elía

Existió hasta el 2000 en Buenos Aires. Fue sede de debates religiosos, espacio de inspiración literaria y restaurante.
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Hace veinte años todavía existía en Buenos Aires el Café Izmir, ubicado en Gurruchaga 434, entre Camargo Avenida Corrientes, barrio de Villa Crespo. El establecimiento surgió en 1932 cuando su administrador, Jaim Danón, un judío sefardí oriundo de la ciudad anatólica de Esmirna (en turco Izmir), lo nombró de esta manera para honrar a la ciudad que lo vio nacer.

A fines de la década de los años 30’, Alejandro Rafael Alboger (1902-1965), otro sefardí de Esmirna, se hizo cargo del local y se mantendría en su puesto durante un cuarto de siglo.

Rincón oriental en el corazón de Villa Crespo

Durante casi cuarenta años el Izmir fue un lugar obligado de encuentros entre inmigrantes provenientes del desaparecido Imperio Otomano: árabes cristianos y musulmanes, judíos, armenios y griegos. El café era al mismo tiempo un restaurante de cocina oriental donde se saboreaban exquisiteces como hummus (puré árabe de garbanzos o berenjenas), queso griego feta, musaká (pastel de carne picada de cordero con berenjena en rebanadas), hojas de parra rellenas, ensalada tabbule, lában (la versión árabe del yogur) y mil y un otros platos. Una orquesta estable con instrumentos típicos (ud, buzuki, qanún, nei, pandereta, derbake y rubab) amenizaba las reuniones con sus tsiftetéli (danzas anatólicas) y taqsim (improvisaciones). Además se podía jugar al ajedrez y al backgammon (el taule árabe o tavlí griego).

Marechal y el Café Izmir

Hace ya setenta y un años el poeta y educador porteño Leopoldo Marechal (1900-1970), publicaba su novela Adán Buenosayres (1948), comparada por algunos críticos literarios con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, La metamorfosis de Franz Kafka o el Ulises de James Joyce.

Se trata de un alarde lúdico y una narración fantástica donde Marechal presenta una serie de paradigmas, amigos suyos en la vida real. Por ejemplo, Samuel Tesler es el poeta Jacobo Fijman (1898-1970), el astrólogo Schultze encubre al erudito y políglota Xul Solar (1887-1963) y Bernini no es otro que el historiador, filósofo y periodista Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1959). Su novela es una radiografía esotérica de un Buenos Aires ya desaparecido con el tranvía Lacroze que avanza fatigosamente hacia Chacarita y la avenida Canning (hoy llamada Scalabrini Ortiz) que corre paralela a la calle Gurruchaga.

Marechal fue habitué del Izmir y en el Libro Primero hay numerosas citas sobre ese café legendario donde van desfilando personajes que destacan por sus originalidades y orientalismo. Marechal vivió en Tres Arroyos 280 (entre Olaya e Hidalgo), es decir, a menos de cuatro cuadras de donde se encontraba el Izmir. No fue casualidad entonces su asiduidad y conocimiento minucioso del café y la descripción meticulosa de sus parroquianos.

Muy cerca de allí, en Serrano 148 (entre Muñecas y Murillo), se hallaba la Casa Colectiva “La Nacional” donde convivían judíos rusos y polacos, italianos, españoles, árabes cristianos y musulmanes, griegos y armenios. Uno de sus inquilinos, el escritor Alberto Vacarezza (1886-1959), la hizo célebre en su sainete El conventillo de la Paloma (1929) que se convirtió en nuestro conventillo más famoso.

Las tres religiones monoteístas

Uno de los protagonistas de Adán Buenosayres es el armenio Kerbikian, el lavacopas del Izmir, seguido muy de cerca por el turco Abdalla, un árabe musulmán y perfumista de la calle Warnes, Jabil, un árabe cristiano, y Abraham Abrameto, el judío propietario de “La Flor de Esmirna”. Estos tres últimos mantienen polémicas sobre la religión “en lenguaje sirio” pero siempre apelando a la afabilidad y benevolencia, embargados por las especias aromáticas y el sonido de las cítaras (L. Marechal, Adán Buenosayres. Buenos Aires: Seix Barral, 2018, pp. 58-97).

El final

El Café Izmir cerró por última vez sus puertas el lunes 9 de octubre del año 2000. Fue un ejemplo de fraternidad entre inmigrantes y nativos donde prevalecieron el reconocimiento del otro, el respeto de la diversidad y la interacción cultural y religiosa. Su historia, una página inolvidable e inigualable de nuestra ciudad, nos debe llenar de orgullo a todos los argentinos en general y a los porteños en particular.