JUDIOS

El control de nuestro destino

Por: Daniel Goldman

Conmemoración del dolor y la esperanza, Tisha B’Av tiene una honda carga vivencial.
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A partir del atardecer del próximo sábado (13 de agosto) y durante el día domingo, el pueblo hebreo conmemora el recuerdo de la destrucción del primero y segundo Templo de Jerusalén, que sellan las expulsiones y los exilios de la Tierra Prometida.

La evocación no tiene otro nombre que la fecha: Tisha (noveno en hebreo) del mes de Av. Es un día al que le asignamos una honda carga vivencial.

Su carácter simbólico no la limita a un duelo ritual (como puede ser el Día del Perdón) sino a una jornada de aflicción y tristeza de índole nacional.

Es un día en el que nos ocupamos a rememorar los hechos fácticos de la historia, en el que, al lamentarnos por lutos pasados, descubrimos que tienen su analogía en una congoja presente.
Destinamos nuestras horas a rememorar a los cautivos de antaño y a recapacitar por la ausencia de armonía contemporánea.

Las costumbres que la tradición indica observar en este día están íntimamente vinculadas con las prácticas de duelo judío. Nos sentamos en el suelo. Nos quitamos los zapatos. A través de una melodía que se asemeja a un llanto, entonamos el libro bíblico de las Lamentaciones de Jeremías.

Durante 24 horas nos abstenemos de estudiar Torá, ya que el estudio es sinónimo de alegría. Pero si bien está prohibido el estudio, no puede evitarse el aprendizaje, ya que éste es inherente a la condición humana.

Aprendemos del propio ayuno que la “pena” conduce al “arrepentimiento”. Y que al unir la “pena” con el “arrepentimiento” se nos brinda una oportunidad de “renovación” espiritual.
Si bien en Tisha B’Av nos la- mentamos por las catástrofes que deterioraron la historia, también resulta una oportunidad para contemplar nuestro propio lugar en el devenir de cualquier evento. Dicho de otra manera: podemos ser víctimas de acontecimientos que están fuera de nuestro control, pero a su vez debemos ser responsables de nuestro propio destino.
Esta idea se expresa en el tercer capítulo del libro de las Lamentaciones. El autor, después de haberse lamentado por su terrible sufrimiento, pronuncia: “¿De qué se queja el ser humano? De cada uno de sus propios errores. Busquemos y examinemos nuestros caminos y volvamos al Señor”.

Aunque desde un marco teológico este planteo puede tener sus críticas, ya que no siempre van de la mano la intervención de Dios en la historia y la creencia en el libre albedrío, el versículo ilustra que con todo el mal que existe en el mundo, siempre hay un lugar en el alma, por más pequeño que sea, en el que debemos tener control de nuestro propio destino y ser capaces de tomar nuestras propias decisiones. De este modo desplegamos el hondo sentido de la esperanza.