ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

El cristianismo ante la propiedad privada

Por: P. Guillermo Marcó

Polémica. Tras la publicación de “Fratelli Tutti” se alzaron voces acusando al Papa de denostar en esa encíclica ese derecho. E incluso de incentivar la toma de tierras. Pero nada de eso responde a la verdad.
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Como pasa con la mayoría de los documentos de la Iglesia, la encíclica “Fratelli Tutti” ha sido víctima de ĺa parcialización. Un prestigioso académico, Alberto Benegas Lynch, sostuvo -en una videoconferencia- “que el documento había sido escrito por el Papa, -que es marxista, dijo-, para denostar la propiedad privada”.

Seguramente su público no se molestó en leer el texto y andarán repitiendo lo que por ahí escucharon.

El titulo generalmente explica el sentido global del texto. Las afirmaciones que allí se hacen deben inscribirse en ese sentido general. En el caso que nos ocupa ahora, el de” la fraternidad humana”.

En particular sobre la propiedad privada me gustaría aclarar que la comunidad cristiana primitiva pensaba que Jesús llegaría de un momento a otro. Por lo tanto, el hecho de que “todos vendían sus bienes y los ponían en común”, era una aspiración para una comunidad ideal, descripta en los Hechos de los Apóstoles por San Lucas. El objetivo era que ninguno “pasase necesidad”.

Frente a este planteo ideal hay que contraponer los conflictos reales de la comunidad en donde debería funcionar el ideal. Además, existe la realidad del pecado, que nos hace poco generosos… También debemos tener en cuenta que lo que regula las transacciones entre las personas son la leyes de los diferentes países, no los postulados de la Iglesia.

En la actualidad la economía de mercado representa el único sistema válido para la asignación eficiente de los recursos productivos. Este sistema se ancla en tres principios inviolables: el derecho a la propiedad privada, la existencia del poder Ejecutivo y los legisladores nombrados por sufragio democrático y la intervención de un poder judicial independiente que preserve el imperio de la ley. Todas ellas de forma conjunta representan la llamada “seguridad jurídica” para ciudadanos, empresas e instituciones, indispensables para el funcionamiento del mercado. Una de las razones básicas del subdesarrollo de los países pobres es que dichos pilares no existen en ellos, y sin seguridad jurídica, ni particulares ni empresas entrarán en el juego económico. Sin garantías, la inversión se dirigirá hacia donde la haya.

En un país próspero son los impuestos lo que el Estado retiene para ocuparse del bien común y de los más pobres. Precisamente, la Iglesia es una organización ejemplar en la contribución al bien común. Y lo hace justamente asumiendo el principio de derecho a la propiedad privada con naturalidad y universalidad para con sus bienes. Los templos, los colegios tienen títulos de propiedad. Los activos financieros se optimizan y sus propiedades se gestionan según las leyes vigentes.

Se dijo también que la Iglesia fomentaba la toma de tierras, incitadas por el dirigente “cercano al Papa” Juan Grabois. Sin embargo, el Episcopado emitió una declaración -“Del Señor es la tierra”- en la que aclaraba: “Nada justifica la intrusión y la violencia a costa de la vida y los derechos de los demás. La Iglesia no avala las tomas, son ocasión de violencia y agitación social, muchas veces incentivadas. Mucho menos aceptable es el oportunismo de quienes se aprovechan de la extrema necesidad de los más pobres para usarlos en función de sus propias ganancias y clientelismo político”.

Para no ponerse nerviosos habría que recordar que el propio Vaticano administra una enorme cantidad de propiedades, paga sueldos y posee un sistema bancario muchas veces sospechado de poco trasparente.

Del dicho al hecho hay un trecho...