ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

El cura párroco, una figura clave

Por: P. Guillermo Marcó

El sacerdote que está al frente de una parroquia juega un papel relevante en el desarrollo de la fe de los vecinos de un barrio. El ejemplo del Cura de Ars, patrono de los párrocos, que llegó a confesar a cientos de fieles por día.
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En la Iglesia Católica existe el clero regular y el secular. Al regular, pertenecen las órdenes religiosas, que tienen una regla de vida –generalmente hecha por el fundador-, viven en comunidad y buscan la santificación personal a través de los “votos” o “consejos evangélicos” de pobreza, castidad y obediencia. En tanto, el clero secular es el que fundó el mismo Jesús al convocar a sus apóstoles (los primeros obispos). San Pablo, cuando fundaba comunidades, instituía en ellas presbíteros, que eran quienes las presidían. La palabra presbítero significa: “anciano” uhombre sabio. Con el tiempo, a medida que la vida cristiana se iba extendiendo, las comunidades se fueron estructurando en parroquias, que abarcan un territorio o barrio concreto y tienen un presbítero a cargo, que se llama párroco. Las parroquias, a su vez, pertenecen a una diócesis, que está presidida por un obispo.
El 4 de agosto pasado se celebró la festividad de San Juan María Vianney, patrono de los párrocos. El mismo había sido párroco durante muchos años -entre 1818 y hasta su muerte, en 1859- en una pequeña aldea del sur de Francia llamada Ars, de allí que pasara aser conocido popularmente como el “Cura de Ars”.
San Juan María Vianney no estaba dotado de gran inteligencia, pero le sobraba amor a Dios y a las personas de su grey. Cuentan que cuando estaba llegando por primera vez al pueblo le preguntó a un campesino si estaba en la dirección correcta y éste le señaló el camino con el dedo. Y el cura, señalando hacia arriba, le dijo: “Yo te mostraré el camino al cielo”.
El pueblo tenía apenas 40 casas y cerca de 200 personas. Eran tiempos de la pos revolución francesa, en que reinaba la ignorancia religiosa. El “Cura de Ars” se dedicó a conocer a sus feligreses, rezar por ellos y convertirlos,  ometiéndose a severas penitencias para conseguirlo. Con el tiempo pasaría la mayor parte de su día en el confesionario y la gente acudiría de toda Francia a confesarse con él. Se puede decir que el confesionario era su morada habitual: pasaba allí de 11 a 12 horas. Las peregrinaciones para confesarse empezaron en 1827. El culmen de los peregrinajes se alcanzó en 1845, cuando llegaban de 300 a 400 visitantes por día. En el último año de su vida el número de peregrinos alcanzó el asombroso número de 100 a 120 mil personas. Va lga este recuerdo pa r a revalorizar la labor que hacen los curas en las parroquias de los lugares más remotos del planeta, y también la del de acá a la  vuelta. Es verdad que las parroquias urbanas son diferentes de las rurales, pero todas tienen una característica común: hacer presente el misterio de Dios en medio de un  pueblo. Son las casas de Dios de puertas abiertas, ya que muchas veces para entrar a un movimiento religioso hace falta una suerte de iniciación, cosa que no ocurre en la parroquia, que acoge sin más a todos: pobres y ricos, santos y pecadores. En las iglesias parroquiales cualquiera se confiesa, basta que esté la luz del confesionario prendida y el cura ahí para que la gente se acerque. Allí recibimos el bautismo, la primera comunión,  la confirmación, la unción de los enfermos y se pueden hasta oficiar la misa del funeral.
Vaya esto también como agradecimiento al sacerdote que nos bautizó, al que nos dio la comunión, a los párrocos que nos acompañaron cuando -como en mi caso- éramos seminaristas, a los que nos enseñaron a ser curas de parroquia, una vocación particular en la que buscamos la santidad, santificando al Pueblo de Dios en la entrega generosa a los demás