“EL RITO”, UN SORPRESIVO EXITO DE TAQUILLA EN EL PAIS - autor: José María Poirier

El demonio y las dudas de fe

Casi medio millón de espectadores ya vieron la película protagonizada por Anthony Hopkins en el papel de un exorcista que debe preparar a otro sacerdote que no tiene clara su vocación religiosa.
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En su libro Treinta y seis pruebas de la existencia del diablo, el escritor francés André Frossard observaba que, al considerar lo que sucede en el mundo, resulta más fácil creer en el demonio que en Dios. Pero no se refería a las posesiones de las que podrían salvarnos los exorcistas, sino a la vigencia de los pecados capitales en la vida social.
En el caso de la película El rito (Estados Unidos, 2011), que ya convocó a casi medio millón de espectadores en cuatro semanas en cartel, el tema es decididamente espectacular porque la obra pertenece al clásico género del terror. Siguiendo una tradición que alimentó tanto la novela como el cine, el director sueco Mikael Hafstrom presenta a un joven seminarista de Chicago (huérfano de madre e hijo del propietario de una casa fúnebre) que es enviado por sus superiores a un curso en el Vaticano para reconocer, enfrentar e intentar expulsar a los demonios que pueden atormentar a seres humanos. El muchacho dudaba de su vocación y había pensado abandonar sus estudios, pero en Roma conocerá a un viejo exorcista escocés (estupendamente interpretado por Anthony Hopkins) que vive solitario en una vieja casa, rodeado de gatos y enfrentado con el misterio del mal. La historia, se dice en el film, está inspirada en hechos reales. En efecto, al final se explica que los protagonistas de alguna manera ref lejan a dos sacerdotes, uno que vive en los Estados Unidos y otro en las cercanías de Florencia.
Si bien el público tiende a apreciar en la película, con una mezcla de piedad y de morbo, su misterioso relato, la crítica prefiere elogiar la actuación y cierta capacidad de argumentación expresada en los diálogos. Lo cierto es que el film no alcanza la popularidad de aquel mítico exorcista de William Friedkin en 1973, ni el interés teológico que hubiera podido reservarle un papel relevante en el cine de temática religiosa. Acaso lo más meritorio desde este punto de vista sea cierta capacidad de la obra para presentar juntos la fe y el escepticismo, la certeza y la duda. En ese 
sentido, tanto la sufrida experiencia del viejo sacerdote como la ingenua sinceridad del joven estudiante alcanzan la simpatía del espectador. Porque los dos, cada uno desde su subjetividad y su percepción, buscan el bien y están dispuestos a pagar personalmente en la titánica lucha contra al maligno. La película recurre, además, a las innumerables bellezas de la ciudad eterna, aunque confunda en las secuencias barrios, fuentes, ruinas, iglesias y universidades. 
Pero, se preguntará el espectador, ¿hay verdaderos casos de posesión? La tradición de la Iglesia sostiene, con extrema prudencia y sabiduría, sin dejarse tentar por fenómenos pseudo científicos, que conviene recordar la existencia de los ángeles caídos. No obstante, puede ser oportuno
anotar dos observaciones. La primera es que el mal suele estar más flagrantemente presente en las mezquindades de la vida cotidiana y en la injusticia social que en las posesiones diabólicas. La segunda, que nunca es bueno coquetear con el maligno ni rendir culto a lo oscuro y lo perverso, porque toda verdadera esperanza se apoya en la luz y en la transparencia. Y el Señor siempre disipa las tinieblas. * Director de la revista Criterio