OPINION - autor: José María Porier

El difícil arte de filmar la fe desafía a los realizadores

Tres películas de temática religiosa ya estrenadas o por estrenar en el país revelan lo dificultoso que resulta llevar a la pantalla grande lo religiosos. No obstante, la historia del cine atesora grandes obras.
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En fechas como esta, muchas salas estrenan obras sobre la religión. Es una antigua costumbre. Esta vez tendremos oportunidad de ver, además de las habituales y consagradas películas históricas por televisión, tres novedades en el circuito comercial: la española "Tierra de María" (que se comenta en la página anterior) y las norteamericanas "Noé" y "El Hijo de Dios". La primera, dirigida por Juan Manuel Cotelo, pertenece al género documental y se interesa por los testimonios de personas que en diferentes países hablan de Dios, de Jesús y de la Virgen a partir de experiencias personales de conversión espiritual. "Noé", a la que no podríamos acompañar con elogios, está dirigida por Darren Aronofsky y se suma al cine bíblico de Hollywood. Por su parte, "El Hijo de Dios", cuya dirección está a cargo de Christopher Spencer y donde el actor portugués Diogo Morgado personifica a Cristo, abunda en recursos digitales e intenta deliberadamente suavizar los sobresaltos de aquel otro éxito comercial que fue hace unos años la polémica y mediocre realización de Mel Gibson titulada "La pasión de Cristo".
Toda creación cinematográfica de temas confesionales debe optar entre dar preeminencia a lo exterior o a lo interior, a lo dicho o a lo sugerido, a lo que se declama o a lo que se susurra. Los Evangelios, en realidad, presentan la figura de Jesús con cierta parquedad expresiva y, al mismo tiempo, con profunda hondura espiritual. Para leerlos con provecho es necesario conocer el silencio, la meditación y la humildad. No se trata de piezas para el espectáculo circense o de feria, por populares que sean. Se piense en obras como la referida a los monjes trapenses asesinados en Argelia, "De dioses y de hombres", espléndido testimonio de martirio.
Hubo y hay un cine que se interesa por esa temática con talento y respeto, acaso más de manera tangencial que directa. Baste recordar a directores como el sueco Ingmar Bergman ("El séptimo sello", "Los comulgantes"), el italiano Ermanno Olmi ("La leyenda del santo bebedor", "Cien clavos"), el ruso Andrei Tarkovski ("Stalker", "El sacrificio") o el francés Robert Bresson ("Diario de un cura rural"). Sin olvidar a creadores tan geniales y cuestionados como Roberto Rossellini ("Francisco, juglar de Dios", "El Mesías") o Federico Fellini ("La strada"), entre otros. Curiosamente el papa Francisco señaló en su primera y famosa entrevista a la revista "La Civilta Cattolica" que su película favorita era "La strada" de Fellini, y se refería a sus valores cristianos, más allá de las situaciones.
Por otra parte, un director francés, declaradamente ateo, como Alain Cavalier, realizó en 1986 el más bello film sobre santa Teresa de Lisieux. También Pier Paolo Pasolini, que se declaraba marxista y no ahorró escándalos, llevó a la pantalla aquella maravilla que fue "El evangelio según Mateo". O Liliana Cavani con sus dos películas sobre san Francisco.
Ciertamente una gran película religiosa fue "La fiesta de Babette" del danés Gabriel Axel sobre el libro de la escritora Karen Blixen. También danés fue el director de uno de los mayores films religiosos de todos los tiempos: Carl T., Dreyer. Y su obra, producida en Francia en los años del cine mudo e interpretada por Renée Falconetti, mítica actriz que vino a morir a Buenos Aires, se titulaba "La pasión de Juana de Arco".
¿Por qué el arte no tendría que ser camino privilegiado para el espíritu? Acaso no fue ese el caso de grandes artistas de todos los tiempos? ¿Quiénes son y qué han hecho Miguel Ángel, Caravaggio o el Beato Angélico, por ejemplo? Quizá porque los artistas, los de verdad, se acercan como pocos al misterio de Dios.

* El autor es director de la revista Criterio