ISLAM

El emisario del sultán, precursor musulmán de Maquiavelo

Por: Ricardo Elía

El viajero al-Haraui escribió un tratado político para aconsejar a los sultanes sobre las malas compañías.
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Ali Ibn Abu Bakr al-Haraui (muerto en 1215) fue un erudito musulmán adscrito a la escuela shafi’i de jurisprudencia islámica, consejero aúlico, escritor, diplomático, estratega, místico y peregrino, nacido en Mosul (hoy Irak), en el seno de una familia proveniente de Herat (hoy Afganistán).

Al Haraui recorrió grandes extensiones de Siria y Mesopotamia como emisario del sultán Saladino del que fue consejero durante la época de la batalla de Hattin y la reconquista de Jerusalén en julio y octubre de 1187 respectivamente, y en la Tercera Cruzada (1189-1192). Sobre la personalidad de al-Haraui se expide el historiador Ibn Jalikán (1211-1282), su contemporáneo: “No hubo mar ni tierra, llanura ni montaña, a la que se pudiera acceder, que él no hubiera visto; y en todos los lugares a donde iba, escribía su nombre en las paredes, como yo mismo he observado en todas las ciudades que visité, y su número es ciertamente muy grande. A esto le debe su reputación y su nombre como viajero se hizo proverbial”.

La obra cumbre de al-Haraui llamada en árabe “Kitab al-tadkirat al-harauiyya fi’l-hiyal al-harbiyya” (Libro del memorial de al-Haraui sobre estratagemas de guerra), no es una narración de viajes sino un tratado político en el que se prodiga en dar consejos al gobernante adelantándose tres siglos a “El príncipe” (1513) del florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527).

En el capítulo VII de su trabajo, intitulado “De los que rodean al sultán”, al-Haraui aconseja sabiamente: “El sultán debe mantener a su Consejo libre de gente corrupta y malvada, pues estas índoles se inflaman unas a otras sin que uno se dé cuenta. Que se guarde de quien vea pulular cerca de él en momentos de arrebato ya que ese es un majadero que ignora que el sultán, en un momento de furia y agitación, es como el mar, que si apenas mantiene a resguardo al marino en tiempos de calma menos lo hará si lo enfurecen los vientos y lo agitan las olas”. (Al-Harawi, “El libro de las estratagemas”. Edición y traducción del árabe de Olga Torres. Madrid: Editorial Trotta, 2021, p. 91).

Precisamente, Maquiavelo toca el mismo tema y afirma: “Para un príncipe tiene gran importancia la elección de los ministros que serán buenos o no según la prudencia que demuestre al escogerlos. Y las primeras conjeturas que se hacen sobre la inteligencia de un señor se basan en los hombres que lo rodean. Si son hombres competentes y fieles siempre tendrá reputación de sabio, porque quiere decir que ha sabido reconocer su competencia y mantenerlos fieles. Pero cuando son de otra manera, siempre se puede dar un juicio negativo de él, porque en esta elección ya comete su primer error”. (Nicolás Maquiavelo, “El príncipe”. Con prólogo del profesor Carlos Floria y notas atribuidas a Napoleón Bonaparte. Buenos Aires: Editorial El Ateneo, 2019, p. 175).

“El fin justifica los medios”, la frase atribuida al filósofo político Nicolás Maquiavelo, en realidad la escribió Napoleón Bonaparte comentando “El príncipe”. O sea, que el “maquiavélico” fue Napoleón y no Maquiavelo que, por ejemplo, expresó este perspicaz aforismo en su obra cumbre que nos permite analizar con precisión a nuestro pensador de la Florencia a orillas del río Arno: “El primer método para valorar la inteligencia de un gobernante es mirar a los hombres que tiene a su alrededor”.

La mayoría de expertos e historiadores coinciden en señalar que la famosa cita atribuida a Maquiavelo es, en realidad, el resultado y transformación de una frase extraída del texto “Medula de la teología moral” (1645) y cuyo autor fue el teólogo jesuita alemán Hermann Busenbaum (1600-1668), de tendencia casuista. La frase que se encuentra en dicho texto, dice literalmente: “Cuando el fin es lícito, también lo son los medios”. El supuesto pensamiento de Maquiavelo ha sido traducido en la historia a cientos de idiomas y aplicado en contextos políticos, económicos y hasta en disputas éticas. Pragmáticamente hablando, la frase significa que, si el objetivo a alcanzar es necesario e importante, todas las formas de llegar al mismo son válidas.

Volviendo a al-Haraui, el erudito alMundiri señala que este viajero multifacético “solía escribir ‘su nombre’ en las paredes y apenas había un lugar conocido de una ciudad o de otra manera que no tuviera su mano escrita en él”. Al-Haraui es el primer artista de graffiti conocido en el mundo musulmán.

Sin lugar a dudas, nuestro autor fue un personaje poliédrico, no convencional, singular y eminentemente racional, una personalidad reflejada en una de sus máximas: “Que comprender la propia posición es la suprema virtud del ser humano”.