AVANCE EN LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN

El esclavo que cuidó a la Virgen de Luján camino a los altares

La Congregación para las Causas de los Santos informó que no hay impedimento para avanzar en el proceso de canonización del Negro Manuel, testigo ocular del milagro y primer custodio de la imagen de la Patrona de los argentinos.
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La Congregación para las Causas de los Santos informó que no hay impedimentos para iniciar la causa de beatificación y canonización del Negro Manuel, testigo ocular del milagro y primer custodio de la sagrada imagen de Nuestra Señora de Luján.

La noticia la recibió el 30 de julio el arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Agustín Radrizzani SDB, quien de inmediato la trasmitió al postulador de la causa, monseñor doctor Juan Guillermo Durán.

“Habiendo examinado la cuestión, por parte de la Santa Sede nada impide para que se proceda a realizar la causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios Manuel Costa de los Ríos”, conocido popularmente como Negro Manuel, expresó el dicasterio vaticano.

A partir de ahora, continuado con las actuaciones del proceso, oficialmente puede llamarse Siervo de Dios al Negrito Manuel.

Jorge Bergoglio, hoy papa Francisco, había expresado su interés en que el Negro Manuel se encamine al honor de los altares.

El negro Manuel había llegado al Río de la Plata como parte de un lote de esclavos africanos, proveniente de Pernambuco (Brasil), para ser comercializados en Buenos Aires.

Era originario de Costa de los Ríos, en Guinea superior. Al recibir el bautismo, con el nombre cristiano de Manuel, se le agregó el lugar de nacimiento o procedencia, como era costumbre en la época.

Su amo el capitán Bernabé Gonzáles Filiano Oramas, lo vendió, convirtiéndose en propiedad exclusiva de la Virgen de Luján, a cuyo servicio continuó en la Villa de Luján, a lo largo de cincuenta y seis años, hasta su muerte, ocurrida a fines de 1686.

Por este motivo, el negro Manuel siempre se consideró “Ser de la Virgen nomás”, invocándola constantemente como su “Ama” y “Señora”.

Fue manifestación viva del tierno amor a la Virgen Inmaculada, siempre devorado de un santo celo para procurar su mayor gloria, mediante el fiel ministerio de servirla en condición de humilde sacristán.

Fuente: AICA