LA HISTORIA DE DIEGO BUSTAMANTE, LÍDER DE PATA PILA

El espíritu de San Francisco de Asís entre wichís y guaraníes

Por: Lara Salinas

Fue estudiante de agronomía y actor, pero con los franciscanos afianzó su fe y asumió un compromiso social que lo llevó a fundar una ONG que combate la desnutrición infantil en comunidades aborígenes.
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En ocasiones, la vida da giros completamente inesperados. Diego Bustamante, porteño de 38 años, fue alguna vez estudiante de Agronomía pero durante muchos años se dedicó a la actuación, trabajó de eso en México y en Argentina. Para ese entonces, ni se imaginaba que unos años después estaría instalándose a vivir en una comunidad guaraní del norte de nuestro país, donde comenzaría con una ONG para luchar por los derechos humanos en las zonas más inhóspitas de Salta, Mendoza, Buenos Aires y Entre Ríos. Desde sus comienzos, la misión primordial de esta organización, Pata Pila, fue combatir la desnutrición infantil en las comunidades wichis y guaraníes en condiciones extremas de pobreza, que hasta hoy muchas siguen sin acceso al agua potable ni a la vivienda digna. Tarea nada fácil. Ocurrió que la Iglesia y la misión le abrieron otro panorama: “Con los frailes franciscanos empecé a tener un poco más de actividad misionera con perspectiva social y descubrí sobre todo el modo de encontrar a Jesús en el otro, a través de la mirada de san Francisco de Asís”, explicó Bustamante en diálogo con Valores Religiosos. Sin embargo, aclaró que hoy Pata Pila no realiza un trabajo de tipo “pastoral” en territorio. De hecho, la mayoría de las comunidades son evangélicas. No obstante, el carisma franciscano está presente en el modo de ser, valores como la humildad, la sencillez, la entrega desinteresada de la propia vida, el respeto de las diferencias, la escucha atenta y la apertura al diálogo, la disposición a ocuparse del otro de manera amorosa y el ponerse, siempre, al servicio de los demás sin juzgar: “Ese es el tinte que tiene la Asociación –afirmó Bustamante-, el disfrutar del encuentro con las personas sin adoptar en ningún momento la actitud de ‘salvadores de los demás’. Es más, creo que todos nos transformamos en la medida en que vamos compartiendo la vida, el tiempo, resolviendo los problemas y animándonos a abrirnos. Eso es lo que genera la confianza, que tiene mucho que ver con los valores de la organización aprendidos de Jesús y de San Francisco de Asís”.

Desde el 2015, Pata Pila cuenta con centros en donde se implementan programas de seguimiento intensivo para proteger la primera infancia, brinda talleres en oficios que empoderan a las mujeres y propone espacios de reflexión para fortalecer la inserción social de las familias, pero el foco principal es la desnutrición infantil: “Hacemos relevamientos de las necesidades de los habitantes de la zona y, cuando encontramos niños que están en esa situación, convocamos a las familias para que vengan al centro, sobre todo a las mamás, o vamos a visitarlas. Detectamos cuáles son las problemáticas en torno al niño desnutrido, porque la desnutrición no es propia del niño sino que tiene que ver con la falta de acceso a alimentos o al agua potable, a que la madre no tiene ningún ingreso, está sola o en situación de violencia”.

A las madres también Pata Pila les ofrece talleres de formación en oficios como la costura, el tejido, la panadería, la repostería y la peluquería: “Hemos organizado varios para que las mujeres de las comunidades elijan cuál quieren hacer y así salgan con herramientas; la intención es que puedan acceder a algún crédito y comprarse lo necesario para empezar un pequeño emprendimiento, empoderarse y tener un espacio para ellas. Los hombres también están invitados a participar de estos programas, pero lo que queremos sobre todo es fortalecer las herramientas de las mujeres”. 

A medida que se entra más en confianza y que las familias permiten que se las aconseje, también se conversa sobre la administración de la economía familiar. Bustamante reveló que es muy particular en estas comunidades la capacidad de celebrar. En medio de tanta pobreza, es común que realicen grandes festejos, especialmente para el primer año del niño, los 15 años de las hijas, o para celebrar las fiestas patronales. Entonces, aprender manualidades, a cocinar y a remendar la ropa también les permite obtener un poco más de dinero y ganar en autonomía.

Esta no es la única diferencia cultural que percibe entre las comunidades y el equipo de profesionales rentados y voluntarios de Pata Pila: “Muchas veces cuesta llegar a las personas porque tienen otra cosmovisión, otra manera de entender la vida, lo cotidiano y el paso del tiempo. No están ‘seteados’ con el anhelo de estar todo el tiempo haciendo algo productivo. Tampoco tienen las aspiraciones puestas en cambiar su rutina, ni en aspectos económicos o en el poder”. El director reflexionó acerca de la existencia de una barrera cultural que algunas comunidades levantaron por su relegamiento territorial, presionadas por la política y menospreciadas por otra parte de la sociedad.

El nombre acorta distancias. Contrariamente a lo que los argentinos que no somos del norte podemos suponer, la expresión “pata pila” hace referencia a los pies descalzos. Haberle asignado este nombre tiene un profundo sentido para Bustamante: “Es descalzarse de las prácticas, de lo que uno espera, de cómo encaramos la vida, para recrear una oportunidad atada a la realidad local, a la cultura y a las creencias en la cosmovisión de cada comunidad. Pero también, significa descalzarse frente a la historia del otro para entrar con respeto, con cuidado, elegir qué palabras usar, cómo escuchar y pedir siempre permiso para opinar y para recomendar”, explicó.

Pata Pila tiene se sostiene gracias a las donaciones de empresas solidarias y de una comunidad de voluntarios que realizan aportes únicos o mensuales en www.patapila.org a partir de $690 (importe equivalente al tratamiento nutricional de un niño). Durante la pandemia, la ONG tuvo que adaptarse: en principio cerraron los centros y muchos voluntarios volvieron a sus casas: “Pero nosotros acompañamos a grupos muy vulnerables; no nos podíamos ir del todo, así que fuimos encontrando la manera de convocar, de acercarnos a los domicilios. Con distancia, mamelucos, máscaras, barbijos y alcohol nos arrimamos de a poco. Y mantuvimos contacto con los hospitales de cada localidad, seguimos atentos a las necesidades de las familias. Fue muy complejo y muy difícil”. En medio del gran desafío que supone este tiempo, Diego Bustamante tiene la mirada puesta en Jesús: “Mi parte solidaria y humana se desarrolló desde la fe. Es lo que me da la fuerza para sostenerme y seguir. Siento que todo este proyecto no se sostiene por mi voluntad ni por mi capricho; se sostiene por Dios, que abre puertas y está siempre presente en el camino de Pata Pila. Eso lo tengo muy claro”.