LA HISTORIA DE MARMERTO ESQUIÚ (1826-1883)

El fraile que ayudó a edificar la república

Por: Jesús M. Silveyra

Testigo de las luchas fratricidas, el flamante beato catamarqueño promovió la unión nacional y abogó por el acatamiento de la Constitución en un célebre sermón.
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Diez de la mañana del sábado 4 de septiembre de 2021. Transcurre el sencillo acto que se realiza en Catamarca por la beatificación de fray Mamerto Esquiú, el franciscano de la rama de los frailes menores que fue una figura relevante de la historia argentina y que todos deberían conocer. Preside el legado pontificio y asisten obispos de todo el país. Se lee el acta por la cual el Papa Francisco lo declaró beato en 2020 (Benedicto XVI lo había declarado Venerable en 2006). Luego, se descubre una gran imagen del hombre a quien dieron en llamar el “orador sagrado”: sacerdote, periodista, legislador, maestro, profesor, obispo y predicador.

Mamerto de la Asunción Esquiú Medina nació el 11 de mayo de 1826 en un sitio conocido como Piedra Blanca, sobre el Camino Real que conducía al Alto Perú, a unos 17 kilómetros de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca. Hijo de don Santiago Esquiú, campesino humilde de origen catalán y doña María de las Nieves Medina, catamarqueña y tejedora. Mamerto nació enfermo y desde los 5 años su madre lo vistió con el sayal o hábito franciscano que nunca más se sacaría. Fueron seis hermanos. A los 10 años quedó huérfano y junto con un hermano fueron a vivir al convento de San Francisco en la capital catamarqueña.

Desde chico Mamerto tuvo la mente abierta para el estudio y para analizar lo que sucedía en el país. A los seis años año ya sabía leer y escribir, a los 12 comenzó a estudiar filosofía, a los 14 teología, a los 15 tomó el hábito de novicio, a los 16 hizo sus primeros votos, a los 17 ya era maestro del colegio y a los 18 fue nombrado director, para ser ordenado sacerdote en 1848 con tan sólo 22 años y bajo las debidas dispensas por la edad. En el colegio suprimió los castigos y dispuso que se diera: “Sólo cariño”.

Así como progresaba en los estudios, Mamerto también advertía la anarquía que reinaba en la incipiente nación. Desde la revolución de Mayo y la declaración de la Independencia, todo había sido una lucha fratricida entre hermanos, unitarios contra federales y dentro de los mismos federales entre déspotas y republicanos. Así vio como en 1840 el ejército enviado por Rosas derrotó a la Coalición del Norte, entrando en Catamarca a degüello. ¿Cuándo el país encontraría la paz y la unidad?, era lo que se preguntaba Esquiú. Él había llegado a la conclusión de que en todos los países de América, desde México a la Argentina, reinaba la anarquía porque existía una rebeldía innata en sus pueblos de desobedecer a la autoridad y de no respetar las leyes.

Después de Caseros y la caída de Rosas (1852) y con el dictado de la Constitución en 1853, fray Mamerto comienza a vislumbrar un cambio en su querida patria. El gobernador Pedro José Segura, le pide entonces que prepare una homilía para la jura de la Constitución en Catamarca. Homilía que se convertiría en uno de los cinco sermones famosos del fraile (1853, 1854, 1857, 1861 y 1880). Muchos creyeron que se iba a oponer a la Constitución por las bases liberales que le había dado Alberdi, en las que consagraba la libertad de cultos como un derecho, pero fue todo lo contrario: su defensa fue formidable, tanto que Urquiza mandó imprimirla y repartirla por toda la Confederación. Entre otras cosas que vale rescatar por los tiempos que hoy vivimos, Esquiú recalcaba que las constituciones deben ser inamovibles (no se las puede estar cambiando todo el tiempo) y merecen sumisión del pueblo, esto es, cumplir sus preceptos y las leyes que de ella se derivan. Esquiú exclamaba: “¡Noble patria! ¡Cuarenta y tres años has gemido en el destierro! ¡Medio siglo te ha dominado tu eterno enemigo en sus dos fases de anarquía y despotismo!” Y concluía el sermón diciendo: “Obedeced, Señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad: existen solo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina.”

El 23 de marzo de 1854, con motivo de la instalación de las autoridades federales de la Nación Argentina, pronunciará otro de sus memorables sermones, en el que dirá: “Las bases del gobierno no son el apiñamiento de todas las personas, de todas las vidas, de todos los intereses, que haría el trono de un dictador, sino las mismas garantías del ejercicio de nuestras facultades, el uso libre y cumplido de todos nuestros derechos: ese es el único camino de llegar al recinto de la autoridad; este derecho existe, porque existen los nuestros; aquel se desenvolverá en una vasta órbita, cual necesite, pero sin menoscabar esa otra en que se desarrollan los nuestros; y del movimiento libre de aquel y de los nuestros, resulta ese todo regular y armonioso que hace la magnífica ilusión de los pueblos modernos, que contienen más bellezas y encantos que cuanto hay en la naturaleza”. También este sermón fue mandado imprimir por las autoridades nacionales y repartido en todo el territorio. Serán en adelante conocidos como “los dos
sermones patrios”.


En 1855 es nombrado vicepresidente de la Convención que le daría forma a la Constitución de Catamarca. En 1856, por clamor popular, es elegido diputado provincial desde donde fomentó la minería, el alumbrado público, la construcción de escuelas y la introducción de la imprenta. Paralelamente a su labor legislativa comenzará a escribir en el periódico “El Ambato”, sobre todo artículos acerca de religión, patria, migración y educación. Dirá que como periodista: “No se debe escribir ni publicar aquello que no se pueda sostener como caballero”. Luego de la batalla de Pavón (1861) y la caída de la Confederación, se aleja de Catamarca y pasará once años en Bolivia, 5 años en Tarija y 6 en Sucre, a pedido del obispo. Allí no sólo ejercerá la cátedra de filosofía y teología, sino que fundará el diario “EL Cruzado” desde donde seguirá bregando por la unidad, la paz, la educación y el progreso. En 1872, el presidente Sarmiento lo propondrá al Vaticano en la terna de candidatos como posible obispo de Buenos Aires (en esa época se los nombraba de esta forma, pero hoy es decisión del Vaticano). Esquiú rechaza tal posibilidad y se aleja aún más de nuestro territorio, viajando al Perú y posteriormente a Ecuador.

Finalmente, en 1876, se embarca hacia Roma y Tierra Santa, donde tendrá la gracia de dar la homilía del Viernes Santo en la iglesia del Santo Sepulcro. Más tarde, a pedido del Superior de los franciscanos regresa a la Argentina para ayudar en la reorganización provincial. Desembarca en Buenos Aires, por primera vez en su vida, donde será más tarde invitado a pronunciar un sermón en el Tedeum con motivo de la federalización de la ciudad. En 1878, el presidente Nicolás Avellaneda lo propone en la terna como obispo de Córdoba a raíz del fallecimiento de monseñor Álvarez. Esquiú no quiere el cargo, pero como el Vaticano lo elige, termina aceptándolo, diciendo: “Si o quiere el Papa, Dios lo quiere”. Ejercerá su cargo a partir de 1881 por tres años. Muere volviendo de una gira por La Rioja, el 10 de enero de 1883, en la posta “El Suncho” de su querida Catamarca, con tan sólo 57 años. Su cuerpo embalsamado se encuentra en la catedral de Córdoba. Su corazón incorrupto, que fue trasladado por su hermano Oderico al convento de los franciscanos de Catamarca, fue misteriosamente robado en dos ocasiones, despareciendo en el 2008 cuando un joven boliviano lo sustrajo de su urna.

(*) Su último libro: “Al tercer
día” (Amazon.com