Domingo 14.07.2024

MUSULMANES

El Islam y la convivencia de pueblos y religiones

Por: Ricardo Elía

En la Edad Media, hubo musulmanes, judíos y cristianos que integraron sociedades y vivieron en armonía.
Comparte

El gramático y filólogo sevillano Abu Bakr Muhammad Ibn al-Hasan azZubaidi (928-989), autor de al-Mujtasar al-Áin (“El Compendio de las Fuentes”), consejero del califa cordobés al-Hákam II (915-976), y preceptor de su hijo Hishám II (965-1013), que pregonaba una globalización bien entendida, una vez aleccionó a sus estudiantes con esta frase: “Todas las tierras, en su diversidad, son una, y los hombres todos son vecinos y hermanos”. Está citada por el historiador Shamsuddín Ibn Jalikán (1211-1282) en su diccionario biográfico escrito entre 1256-1274, llamado en árabe Uafayât al-a’yân ua anbâ’ abnâ’ azzamân (“Óbitos de los notables y noticias de los ilustres de la época) que fue traducido y editado en 4 volúmenes en 1845 en Londres del árabe al inglés por el arabista irlandés William Mac Guckin de Slane (1801-1878). Esta consigna de az-Zubaidi, nacida en aquella sociedad plural inspirada en el Islam, debería ser la meta de nuestras vidas. Debemos recordar que la hermosa palabra “convivencia” (vivir con el otro), sólo existe en las lenguas romances (Al-Ándalus era una sociedad bilingüe donde se hablaba árabe y romance indistintamente). En los restantes idiomas occidentales, el concepto es expresado como coexistencia (existir uno y el otro), una palabra mucho menos comprometida que nuestro vocablo “convivencia”. La profesora cubana María Rosa Menocal (1953-2012), especialista en literatura ibérica en la Universidad de Yale, comentaba que “la convivencia era un aspecto inherente a la sociedad andalusí”. En su libro, La joya del mundo (2003), Menocal defiende la tesis de que los judíos que estaban bajo el gobierno del Califato de Córdoba vivían mucho mejor que en otras regiones de Europa. Afirma en su obra: “Al-Ándalus para los musulmanes, Sefarad para los judíos. Nombres que evocan un capítulo único en la historia, cuando musulmanes, judíos y cristianos lograron crear en la península Ibérica una sociedad vibrante marcada por la convivencia. Un mundo donde un judío podía ser el visir del califa y el epitafio de un rey cristiano estaba escrito en latín, árabe, hebreo y castellano. Una cultura que se nutría de matemáticos, filósofos, poetas y músicos, independientemente de su credo, y que irradió a Europa las primeras traducciones de Platón y Aristóteles, la tradición de la lírica amorosa y la poesía profana, los avances en matemáticas y medicina, y los logros en arquitectura y tecnología”.

El polígrafo y enciclopedista andalusí Ibn Abi Salt al-Dani, de nombre latino Albuzale, nació en Denia (en la actual Provincia de Alicante de la Comunidad Valenciana, España) en 1068, y murió en al-Mahdiya (al sureste de Monastir, sobre la costa mediterránea, Túnez) en 1134. Sus biógrafos, entre ellos el ya citado historiador Ibn Jallikán, aseguran que de sus sesenta años, vivió veinte en Sevilla, veinte en Egipto y veinte en alMahdiya. Fue médico, filósofo, matemático, óptico, músico, historiador y poeta. Muchas de sus numerosas obras las conocemos por traducciones hebreas y referencias en autores judíos tanto de la Península Ibérica como de Francia (Provenza). Viajó varias veces a la corte arabizada del rey normando Roger II (r. 1105-1154) en Palermo (Sicilia) donde prestó servicios como médico. Ibn Abi Salt prefirió radicarse en al-Mahdiya donde estuvo protegido por la dinastía beréber de los Ziríes, emires independientes de la Ifriqiya entre 1048 y 1148. Uno de sus aforismos dice: “Si de la tierra es mi origen, toda ella es mi país y todos sus habitantes mis parientes”.

El físico iraquí Ibn al-Haizam (965-1040), latinizado Alhacén, radicado en El Cairo, considerado “el padre de la óptica”, en su Maqala fi l-ajlaq (“Tratado de ética”), coincide con dos de los autores mencionados: “¡Quien ame la perfección debe también habituarse a amar a todas las gentes, a quererles, a procurarles afecto, a acercárseles y compadecerles, puesto que las gentes una sola tribu son, en la que unos emparentados con otros están, y en la que la humanidad es lo que a todos los une, siendo, además, una misma potencia divina la que en todos y cada uno de ellos se encuentra: el alma racional. Todos los humanos son, en verdad, uno solo, aunque muchas las personas”

El sultán otomano Mehmet Fatih (1432-1481) estableció el Patriarcado de la Iglesia Ortodoxa Griega en Estambul en 1454 y protegió los conventos franciscanos de Bosnia mediante un decreto de 1463.

Finalmente, tenemos el modelo ejemplar de Yalaluddín Ákbar (1542-1605), el tercer emperador mogol en la India musulmana, que alentó el diálogo interreligioso y el pluralismo cultural. En su reino convivieron musulmanes, hinduistas, jainistas, budistas, judíos y misioneros jesuitas.