El Levítico enseña a valorar los rituales

Por: Daniel Goldman

Enseñanzas de la Torá. Los ritos se presentan como una manera de enhebrar las emociones de la vida.
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La Torá, los primeros 5 libros de la Biblia, se lee de manera sistemática en todas las sinagogas los días lunes, jueves y sábado. La misma representa el momento litúrgico central de las ceremonias religiosas de la tradición judía. La lectura se subdivide en secciones semanales durante el transcurso de un año. Una vez terminado el mismo, nuevamente se comienza desde el principio. Esta última semana concluimos con la lectura del tercer libro de la Torá, el Levítico. Es un texto denso, ya que gran parte refiere a los sacrificios, al faenamiento de animales, a la aspersión de la sangre… En fin, temas que resultan un tanto complejos en la visión del hombre contemporáneo.

Pero quisiera comprender el mensaje de la obra desde otro lugar. El Levítico nos enseña a valorar los rituales y sus significados de expresividad. Rabi Shimon Itzjaki (apodado Rashi), el mayor de los exégetas medievales, de un modo tierno alega que el ritual indica “una forma de demostrar afecto, puesto que es la manera usada por los ángeles para hablarse unos a otros”. Dicho de otra manera: el ritual es una invitación y un deseo de convocar al prójimo a establecer un vínculo, tal como simbólicamente los ángeles lo hacen mientras alaban a Dios.

El ritual no es equivalente a formalidad. Que ejerzamos ciertos rituales “con” formalidad, no hace que el mismo se transforme en sinónimo. Es más, cuando la formalidad supera al asombro y al encanto de cierto hechizo, se le quita valor a ese tiempo. Sentirse convocado por el ritual es el modo de redescubrir el portento de la maravilla y la fuerza del asombro en nuestra vida. El ritual nos permite comprender, vivenciar y metabolizar situaciones intrascendentes para transformarlas en importantes. Y solo para citar algunos: rituales que nos permiten descubrir como nuestros hijos crecen; rituales que consienten en manifestar nuestro amor de pareja; rituales que nos ayudan a elaborar la terrible ecuación de la finitud y la muerte. ¡Cuántos rituales cultivamos en nuestra cotidianeidad que nos permiten expandir los sentidos y acortar las distancias con el otro!

Los rituales son manifestaciones que simplifican nuestros vínculos humanos. Son expresiones alegóricas que revelan nuestra elevación espiritual. El ritual contiene un motivo asombroso, porque ¿qué es el “agradecimiento” o el perdón sino sensaciones mágicas? Si la existencia es un modo de desplegar los vínculos, el ritual es una de las maneras de enhebrar artesanalmente las emociones de la vida. Y más cuando cargan el hábito ético del perdón o el agradecimiento. El ritual nos hace más fácil aquello que es difícil, dado que no es fácil agradecer y mucho menos pedir perdón. Nos ayuda a nortear la brújula en los desiertos de las ausencias y los vacíos. Nos auxilia no solo en los considerados momentos “importantes” sino en los instantes aparentemente intrascendentes, usuales y diarios valorando con profundidad nuestro sentido de la franqueza.

En circunstancias y ocasiones problemáticas como las que estamos atravesando, ante tanta oscuridad y desaciertos, nos concebimos bendecidos por los rituales que nos ofrendan un poco de claridad y lucidez.