LA HISTORIA DE CARLOS REZZÓNICO (1927-2022)

El médico que detectaba las curaciones milagrosas

Por: Sergio Rubin

Eminente pediatra cordobés, dedicó los últimos años de su larga vida a estudiar posibles milagros que habiliten beatificaciones y canonizaciones. Fue clave en los dos atribuidos a la intercesión de Brochero.
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Para que una persona sea declarada tanto beata como luego santa hace falta determinar que Dios obró un milagro por su intercesión, que en general es una curación -completa y definitiva-, inexplicable para la ciencia, porque ello se interpreta como una señal divina de confirmación de su beatitud y su santidad. Más allá de la interpretación que se hace desde la
fe, El Vaticano es muy riguroso a la hora de admitir estar ante una sanación que no tiene explicación científica. El proceso para determinarlo -paralelo al estudio de la vida y obra del candidato a ser beatificado y canonizado, que comienza en la diócesis donde murió y sigue en El Vaticano- empieza a nivel local con investigaciones sobre los antecedentes del caso y dictámenes médicos. Si resulta aprobado, es sometido en Roma a una junta médica de siete miembros en la congregación vaticana para la Causa de los Santos.

Carlos Alberto Rezzónico -que murió recientemente a los 94 años- no solo fue un eminente médico pediatra cordobés con un frondoso curriculum y un enorme prestigio, además de un hombre de una gran fe. En los últimos años de su vasta carrera también se ocupó de estudiar precisamente casos de sorprendentes curaciones, es decir, se dedicó a detectar presuntos milagros que permitieran a católicos sobresalientes llegar a los altares. Sus rigurosas investigaciones fueron claves para la beatificación y posterior canonización nada menos que del primer santo que nació, vivió y murió en la Argentina: José Gabriel “el Cura” Brochero (1840-1914). Pero también su aporte puede ser muy relevante en el caso que permitiría que otro argentino, Enrique Shaw (1921-1962), se convierta en el primer empresario del mundo en ser declarado beato.

Su reputación y su desinteresada dedicación a estudiar estos casos lo convirtieron a Rezzónico en un profesional cada vez más consultado por personas vinculadas a causas de canonización que anhelaban dar con una curación milagrosa por intercesión de su candidato. De hecho, su muerte lo sorprendió mientras estudiaba un posible segundo milagro ocurrido en Buenos Aires, por intercesión de la monja española Ana María Mogas (1827-1886), fundadora del Instituto Franciscano de Hermanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, que permitiría que sea proclamada santa (fue beatificada en 1996). Y de un presunto primer milagro por intercesión de otra monja, pero cordobesa, María Benita Arias (1822-1894), que fundó el Instituto Siervas de Jesús Sacramentado, y que posibilitaría que sea declarada beata.

El doctor Rezzónico nació el 18 de febrero de 1927 en la localidad cordobesa de Santa Eufemia. Casado con Nela Di Prinzio, tuvo tres hijos, once nietos y una bisnieta. En 1961 fundó el Servicio de Gastroenterología y Nutrición del Hospital de Niños de Córdoba. Fue subsecretario de Salud de la provincia y autor de la ley provincial sobre las actividades relacionadas con la salud. Era Presidente de Honor de la Academia de Ciencias Médicas de Córdoba, Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina; Miembro Honorario de las sociedades de pediatría de Argentina, Perú y Uruguay, entre otros cargos. En 2018 fue muy aplaudido al exponer sus argumentos contrarios a la legalización del aborto en una de las audiencias públicas en el Congreso sobre su eventual aprobación.

En el nuevo milenio Rezzónico fue nombrado por el arzobispado de Córdoba perito para el estudio del por entonces potencial primer milagro atribuido a la intercesión de Brochero. Se trataba de un bebé de nombre Nicolás que había sufrido cuatro paros cardíacos y pérdida de masa encefálica en un accidente automovilístico ocurrido en 2000 en la localidad cordobesa de Falda del Cañete, en el que murió su abuela. Los médicos no entendían cómo sobrevivió y le anticiparon a sus padres que podría quedar en estado vegetativo. Y que si se recuperaba no podría hablar porque había quedado afectado el hemisferio cerebral correspondiente. Los padres, devotos del cura gaucho, le rezaron. Con el tiempo recobró la conciencia y pudo hablar perfectamente, siendo mínimas las secuelas.

El caso tenía sus complejidades para determinar con contundencia que se trataba de un milagro, aunque Rezzónico -que había consumido mucho tiempo estudiándolo- no tenía dudas de que se trataba de una curación inexplicable para la ciencia. Fue así que se consideró conveniente que viajara al Vaticano para exponer personalmente ante la junta médica y se consiguió que sea recibido en 2012 por los facultativos porque las defensas son por lo general por escrito. Acompañado por su colega Vicente Montenegro -el neurocirujano que operó a Nicolás- expuso sus argumentos que terminaron siendo convincentes: De hecho, los siete médicos votaron unánimemente la aprobación del caso y así quedó allanado el camino para que Brochero fuese beatificado al año siguiente.

Rezzónico también fue perito del segundo milagro. Tenía como protagonista a Camila, una niña de ocho años de San Juan que entró a un hospital inconsciente con gravísimas lesiones y sin el parietal derecho. Su madre dijo que se había caído de un caballo, pero luego se determinó que fue víctima de una golpiza por parte de ella y del padrastro. Como Nicolás, también los médicos pronosticaron que moriría o que quedaría en estado vegetativo. La abuela y otros familiares comenzaron entonces a rezarle al cura gaucho. Camila estuvo un mes y medio en terapia intensiva y fue operada. Pero de pronto comenzó a recuperarse, fue nuevamente operada hasta que retomó una vida normal. En 2016 asistió en El Vaticano a la canonización de Brochero.

El delegado para la Causa de los Santos de la Iglesia en la Argentina, monseñor Santiago Olivera, dice que siendo obispo de Cruz del Eje -y por tanto parte en la causa de Brochero porque el cura gaucho vivió en ese territorio- tuvo “la gracia de conocer” a Rezzónico y apreciar su trabajo como perito “tan desinteresado, tan responsable, tan profesional”. Destaca su profunda fe y su deseo de vivir cristianamente, pero a la vez subraya su gran rigor profesional a la hora de estudiar los casos. En ese sentido, señala que, si bien “no podía callar ni dejar de defender aquello que creía que superaba a la ciencia médica, lo hacía sin traicionar sus conocimientos como científico”.