ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

El riesgo de las comparaciones

Por: P. Guillermo Marcó

Mucha gente contrapone el gran carisma de Juan Pablo II y su impactante gestualidad con el perfil poco mediático de Benedicto XVI. Pero es un error quedarse sólo en la imagen. Cada pontífice tiene sus dotes y condiciones
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Ciertamente la Iglesia tiene sus t iempos. Los cambios son lentos porque nos manejamos con una doctrina que no cambia en lo sustancial. Las verdades de la fe que enseñamos se mantienen inmutables con el paso de los siglos, al igual que los ritos que, en su esencia, continúan. Cabe preguntarse entonces cuál es la diferencia entre un Papa y otro si al fin de cuentas enseñan lo mismo. Dos cosas varían fundamentalmente: el carisma personal y el modo de
afrontar los tiempos en los que les toca conducir la barca de Pedro.
Hay diferencias de estilo, no desustancia, entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. El primero estuvo dotado de un carisma extraordinario, potenciado por una  importante formación gestual que recibió mientras hacía teatro en sus años de estudiante. Además, fue elegido Papa siendo joven -tenía 57 años- y ejerció su ministerio con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías a evangelizar el mundo. Porque llevó a la Iglesia más allá de las fronteras -
no sólo geográficas- que delimitaban la fe católica. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia. En  vez de hablar desde Roma, cadavez que emprendía un viaje teníaa su disposición al periodismo de los cinco continentes. En un mundo dominado por los gestos, Juan Pablo II sabía cómo usarlos para trasmitir el Evangelio y los valores trascendentes. Fueron emblemáticos, por caso, sus besos a la tierra del país que visitaba, su oración interreligiosa en Asís y su primera visita a la sinagoga de Roma. Sin embargo, este mensajero gestual y bondadoso era difícil de entender para la gente cuando esta debía ceñirse a sus escritos. Sus enfoques doctrinales tampoco tuvieron un sesgo progresista, sino que fueron tradicionales. La gente no lo escuchaba, sino que más bien loveía y lo que veía le gustaba. Y le tomó un cariño especial. Joseph Ratzinger es uno de los últimos herederos de la tradición intelectual de Europa. Sin  embargo, escribe con la simpleza de los sabios que buscan hacerse entender. Quien elija leer a Benedicto XVI podrá cautivarse con su pensamiento
profundo e ilustrativo. Este Papa tiene el valor de ser fiel a sí mismo. No quiere ser lo que no es. En un mundo donde los políticos contratan agencias de marketing para que les digan cómo agradar, él se presenta con la autenticidad de la verdad, con un mensaje evangélico despojado de toda espectacularidad mediática.
Mucha gente se queda con el prejuicio externo y de manera superficial afirma: “Soy católico, pero  este Papa no me gusta”. En realidad,un Papa no es un actor de cine que debe agradar, sino que es el Pastor Supremo, cuya voz fue elegida para guiar al rebaño lejos de aquellos peligros en los que puede sucumbir su fe. 
A lo largo de los siglos la barca de la iglesia tuvo Papas muy diversos. Hubo quienes dieron su vida por su fe. Muchos que llegaron a ser santos. Algunos que llevaron vidas alejadas de las enseñanzas del Evangelio. Sin embargo, la fe se siguió transmitiendo a lo largo de los siglos. No debemos dudar de que es Dios quien -a través de ellos- guía a la Iglesia. Benedicto XVI tal vez sea menos popular que Juan Pablo II, pero no por eso es menos auténtico. No goza de la simpatía de los medios, que cuestionan su actuación y enseñanza. No podemos irresponsablemente sumarnos a las críticas injustificadas y, menos, a las calumnias que surgieron últimamente sobre su actitud ante la pedofilia de algunos  sacerdotes. Es quien más hizo para limpiar la Iglesia de quienes, llamados por el Señor para apacentar el rebaño, se volvieron lobos y motivo de grave escándalo.