En memoria del gran benefactor Adolfo Smolarz

Por: Daniel Goldman

Parnas. Existen buenos hombres que generan espacios para que la sabiduría pase de una generación a la siguiente
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A menudo solemos citar a los grandes eruditos que nos iluminan con sus pensamientos. Pero debemos saber que esos conceptos no podrían haber sido elaborados si no hubiesen estado al lado de ellos hombres y mujeres de gran voluntad que, sin imponer condicionamientos personales, ayudaron económicamente a que las instituciones educativas pudieran abrir sus puertas.

Los maestros de la tradición transmiten su legado y forman en sus aulas seres que marcan camino en cada generación gracias a esa figura esencial conocida en la historia judía con el nombre de Parnas. La acción del Parnas resulta fundamental en el valor de la responsabilidad social. Algunas fuentes confunden la función del Parnas como meramente administrativa, pero otros investigadores dan cuenta de un desarrollo histórico diferente en esta representación emblemática. El Talmud relata que el Parnas se transformó en el bienhechor, que desde su liderazgo laico sufragaba de su propio peculio las necesidades de la comunidad trabajando codo a codo con los rabinos, a tal punto que su posición era similar en muchos aspectos a la de “los siete hombres buenos y apreciables de cada ciudad”. La saga judía recuerda en escritos la vida y obra de notorios Parnasim (en el plural hebreo), que con magnanimidad dejaron huella. Solo por dar algunos ejemplos –me recuerda el catedrático José Ramón Magdalena nom de Deu–, en la España medieval se distinguen las figuras de Don Isaac Abarbanel, Shmuel haSardí, Doña Gracia Mendes, y el valenciano Jaefuda Alazar, sobre los que se cuentan anécdotas maravillosas e inspiradoras.

Mi maestro, el rabino Marshall Meyer, sabía sentirse acompañado de estos venerados benefactores que son pilares en la tarea. En sus aulas nos enseñaba que cuando nos confrontamos con los que tienen la vital necesidad de educarse, debemos imaginar que no hay Dios que asista, “sino que vos sos el que puede satisfacer esa necesidad”.

Quiero en estas líneas destacar la noble personalidad del querido Adolfo Smolarz, que hace pocos días dejó este mundo, y quien fuera uno de los hombres más generosos que conocí. Con su valiosa altura espiritual, a la que hay que añadir la humildad, el esfuerzo y la entrega, fue el fundador del nuevo Seminario Rabínico Latinoamericano, institución educativa que desde hace 60 años forma docentes y rabinos para todo nuestro continente. Allí Adolfo Smolarz ocupó durante un dinámico período el reconocido lugar de la vicepresidencia. Gracias a esa inmensa obra, respaldada por él y algunos otros a quienes recordamos con afecto esencial, muchas generaciones de educadores pudimos estudiar y seguir siendo parte de esta cadena.

Sean sus memorias benditas. Seguramente ocupan un lugar único bajo las alas del Señor.