JUDIOS

Escuchar, un acto de justicia y humanidad

Por: Daniel Goldman

Enseñanzas de la Torá. En nuestra capacidad de oír, Dios nos pone en sintonía con el dolor de los otros.
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En esta oportunidad quisiera hacer referencia a la primera palabra de la máxima declaración de fe del pueblo de Israel, expresada en la Torá en el libro de Deuteronomio 6:4, y que anuncia: “Oye Israel”

La modernidad penetró en la idea de escuchar, degradando el gesto de “oír” y el de “decir” a una acción pasiva, en contraposición al “hacer”. Y así, la capacidad de “decir” y “escuchar” se transformó en un evento insulso, débil y tonto. En cambio, el supuesto “hacer” reviste de poder, de fuerza y de dominio. Pretender que el “decir” no es “hacer”, es de un decir tan superficial que atrofia la reflexión. Porque toda palabra es capaz de construir y edificar. Y el arte de escuchar posiblemente contenga la mayor acción de sabiduría humana. De ahí que toda tradición religiosa pondere con maestría esta virtud y aptitud.

La paradoja en el mundo de las supuestas comunicaciones se da en que la escucha con hondura se ha empobrecido. En este supuesto universo de relaciones y correspondencias, lo que se exacerba no es la escucha, sino el discurso masivo y fundamentalista, que es la variable del monólogo impertinente y autoritario. Y éste es un grito ensordecedor que solo potencia el odio. En cambio, en el arte de escuchar hay toda una cosmovisió y una herencia. Porque detrás del verbo hay un legado. Y un legado siempre debe ser entendido como un valor. El “Oye Israel” sugiere de manera sutil que “saber escuchar” es mucho más importante que “saber hablar”. Porque escuchar es reflexionar. Al saber escuchar nos envolvemos en el dominio propio. La escucha debe ser austera, abierta, transparente, fecunda, y siempre bien disponible.

No es verdad que el diálogo esté construido en base a la palabra y la escucha. El orden hace a la diferencia. El diálogo está cimentado primero en la escucha, luego en la palabra, y finalmente en el silencio. En esta tríada, lo que suele fallar es la escucha y el silencio. Porque el decir muchas veces aturde.

La sapiencia de la escucha y el silencio reducen nuestro “yo” a un ámbito donde se diluye nuestra propia omnipotencia. En una sociedad competitiva la escucha y el silencio son sinónimos de debilidad, cuando en realidad nos orientan a todo lo contrario. En una sociedad solidaria resultan las virtudes más estimadas y meritorias. La ausencia de ellas roba la alegría y gozo de la vida.

Al escuchar reivindicamos un acto de justicia y de humanidad, porque significa recibir después de haber brindado el cuidado afectuoso. Escuchar es una actitud espiritual que exige el olvido de uno mismo, demandando la apertura atenta y desinteresada hacia el otro. Desde ahí, la capacidad de oír es el mayor gesto de un monoteísmo-ético. Porque es en esta acción que el Eterno se hace presente poniéndome en sintonía con el dolor y clamor de mi prójimo, que es el sentido más profundo en la experiencia de la alteridad.

Feliz es aquel que encuentra los momentos justos para escuchar lo suficiente, decir lo necesario, sin perder la oportunidad del silencio.