EL PAPEL DE LA ABUELA ROSA

Jorge Bergoglio y una devoción por san José que surgió de niño

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En una de sus recientes columnas en este suplemento, el padre Guillermo Marcó contaba que fue la abuela paterna, doña Rosa, la que imprimió en el corazón de su nieto Jorge Mario Bergoglio la devoción por San José. Desde niño su abuela lo llevaba a la parroquia de San José del barrio porteño de Flores -donde vivía toda la familia- y le insistía para que se encomendara a él. Además, doña Rosa tenía una librería en la calle Albarellos llamada, justamente, San José y procuraba que su nieto le rezara al santo todos los días.

Precisamente, fue en el confesionario de aquella parroquia donde Jorge sintió un Día del Estudiante, con 17 años, el llamado de Dios al sacerdocio. Ya a partir de sus primeros pasos en la vida religiosa, cada vez que Jorge Bergoglio le escribía a alguien en Buenos Aires ponía en el sobre dos estampas: la de la Virgen desatanudos y la de San José. Además, el haber sido elegido Papa un 13 de marzo le permitió asumir un 19 de marzo, festividad de San José. En su habitación en Santa Marta tiene una imagen del santo reposando, debajo de la cual coloca papeles con intenciones que le confían muchos fieles.

Por eso, con motivo de cumplirse este año el 150 aniversario de la declaración de San José como patrono de la Iglesia universal por parte de Pío IX, decidió consagrar el 2021 a su especial evocación. En la carta que lo anuncia, Francisco afirma que “todos pueden encontrar en san José un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en ‘segunda línea’ tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación.

“También -agrega- a través de la angustia de José (por el embarazo incomprensible de María) pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia”.