ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La confesión, un recurso para volver a Dios

Por: P. Guillermo Marcó

Cuaresma es un tiempo ideal. La falta de presencialidad a raíz de la pandemia provocó que muchos fieles se alejaran de los sacramentos, especialmente el de la reconciliación que tanto bien espiritual produce.
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Voy a comenzar hablando de mi experiencia como penitente. Cuando era chico, en el colegio religioso al que asistí no nos perseguían para confesarnos, pero era una buena excusa cuando nos invitaban a hacerlo para salir de clase. Eran confesiones rutinarias donde uno repetía una lista de faltas que cometía siempre, las recitaba con escasa convicción de arrepentirse y la respuesta del cura era acorde a las cosas que yo podía contarle a esa edad.

Llegada la adolescencia llegó también la rebeldía: “Más vale confesarse con Dios que hacerlo ante un hombre”, me decía. Así se fueron escurriendo de mi vida la confesión, la misa, la oración y, en fin, la práctica religiosa… Y como el hijo pródigo pedí la parte de la herencia que me correspondía y me fui lejos del Padre Dios, que se quedó esperándome pacientemente mientras yo andaba distraído por la vida.

Cuando llegaron mis 21 años y estaba cursando la carrera de arquitectura en la UBA, surgió la ocasión de volver a confesarme. No fue algo forzado ni muchos menos obligado; tampoco por temor. Fue durante un retiro, donde en el silencio se cayeron todas las caretas que me había puesto, se acabaron los argumentos racionales y la presencia de Dios me llegó al corazón a través de la absolución de un sacerdote.

La presencia de Dios no me llegó como una amonestación, un reto o un reproche; me llegó como una oleada de amor que me superó totalmente, me llenó de una felicidad que yo no conocía: la vida de la gracia, la de la amistad con Dios. Fue un nuevo descubrimiento.

A partir de allí, llegó el compromiso con Jesús, que crecía cada día, hasta que sentí vivamente su invitación a dejarlo todo y seguirlo. Entendí que el modo en que Jesús había querido quedarse era a través de los sacramentos, sobre todo en la “eucaristía” y la “reconciliación”. Y que a lo que más tiempo había dedicado en su vida el Señor era a formar esos doce apóstoles –los primeros sacerdotes- y que a ellos les había regalado esos dones: “Tomen esto es mi cuerpo”. “Esta es mi sangre”. “Hagan esto en memoria mía”. Y también les dio el poder de perdonar: “Los pecados les serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn. 20,23.).

Ya se cumplieron 40 años desde que entré al seminario y 32 que soy sacerdote. A lo largo de estas más de tres décadas fui atesorando en mi corazón muchas confesiones. La confesión es el lugar misterioso en donde abrimos nuestro interior y contamos todo lo que quizás nadie más que Dios y uno sabíamos. Pero es propio del hombre el deseo de sacar afuera lo que nos duele y a partir de ahí experimentar el deseo de curarse, de ser más sano y más libre.

Podrán decirme algunos que también se sienten muy bien haciendo terapia, coaching ontológico o sencillamente charlan con un amigo. Sin duda todo eso hace mucho bien, pero para el creyente la confesión además del consejo incluye algo sobrenatural e inexplicable que radica en el poder del perdón.

Por otra parte, es verdad también que se ha desdibujado nuestra capacidad de entrar en nuestro interior y percibir lo que está mal y deberíamos corregir. Frente a esto, los Diez Mandamientos nos ofrecen una buena guía para poder hacer un examen de conciencia.

El sacramento de la reconciliación con Dios me parece la manera más cercana, fácil y accesible que Él ha querido ofrecer para algo tan grande: La experiencia de un Padre que abraza, perdona y cura. Y que, además, eleva la dignidad del hombre.

Sin embargo la pandemia con su falta de presencialidad alejó a mucha gente de la práctica de este sacramento. ¡Qué bueno sería que en la cuaresma que estamos transitando volvamos a Dios retomando el sendero y la práctica de la confesión!