JUDIOS

La desigualdad de las mujeres en la antigüedad

Por: Norma Kraselnik

Un doloroso recuerdo de la discriminación por género en tiempos bíblicos, en el marco del Día de la Mujer.
Comparte

Más de una vez he presentado en esta sección a las protagonistas femeninas que emergen de la saga bíblica y despiertan nuestra admiración por su entrega, coraje o bien, nos sorprenden al cuestionar el status quo dominante. Pero la regla general de la época antigua y que conocemos a través ciertos textos canonizados, nos muestra a las mujeres sometidas a cierta voluntad y protección de los varones. Tanto las situaciones de vida que atraviesan los personajes como los apartados legales que rigen dicho mundo dan cuenta de esta condición.

La ceremonia de las aguas amargas descrita en el libro de Números es un ejemplo de ello: cuando a un marido “le sobrevenga el espíritu de celos y recele de su mujer…” (Num. 5: 14-31) se llevaba adelante un ritual realizado por el sacerdote quien consultaba a Dios sobre la culpabilidad o inocencia de la sospechada de adulterio, luego de ingerir una pócima que le hincharía el vientre si fuera culpable. Esta ceremonia humillante era un derecho de un marido celoso sin prueba alguna de la infidelidad. Si hubiera pruebas, correspondería la pena de muerte. La mujer celosa no solo no tenía estas atribuciones, sino que debía compartir a su marido con otras mujeres en una sociedad que practicaba la poliginia (un hombre-muchas mujeres).

En unos capítulos más adelante, leemos sobre las personas que realizan votos o promesas a Dios. Si el que emitía un voto era un varón, la promesa quedaba firme, siempre. Pero si la que prometía era una mujer y la escuchaba su padre, mientras vivía con él o su marido, en caso de que fuera casada y cualquiera de ellos se oponía al voto escuchado, lo anulaban y el voto no se debía llevar adelante (Num. 30: 1-16). O sea que la voluntad de una mujer que realizaba una promesa quedaba sujeta a la decisión de los varones que la supervisaban.

En el libro de Levítico encontramos un último capítulo dedicado al valor que poseían las personas si tuvieran que ser redimidas por un voto realizado. O sea que ante una promesa que involucraba la consagración o la vida de un ser humano, se podía cumplir dicha promesa pagando una tasa equivalente por la persona en cuestión. Y así hallamos una lista ya tabulada: “Al hombre entre veinte y sesenta años, lo valorarás en cincuenta siclos de plata… Si es mujer, la valorarás en treinta siclos. De cinco a veinte años, tu valoración para el varón será de veinte siclos y para la mujer, de diez siclos. Y si es de un mes hasta cinco años, tu valoración será de cinco siclos de plata para el varón y para la mujer de tres siclos de plata. Y si es de sesenta años o más, tu valoración por el varón será de quince siclos y por la mujer, de diez siclos” (Lev. 27:1-8). Como vemos se trata de una escala basada en la edad y el género de las personas, posiblemente en relación a la capacidad laboral que los individuos tenían en la época y en donde la mujer “valía” la mitad de lo que valía un varón de la misma edad.

Podría enumerar otros ejemplos. Pero dado que prontamente celebraremos la festividad de Purim, vuelvo a rescatar el papel protagónico que tuvieron dos mujeres, cuya intervención quedó registrada en el libro de Ester. La primera fue la reina Vashti quien se negó a presentarse en la fiesta de varones que el rey realizaba tras ser considerada como un objeto sexual (Ester 1:1). La segunda y más significativa, la que devino luego en reina, Ester, quien arriesgó su vida para salvar a su pueblo del exterminio y cuyo nombre quedó inmortalizado en la historia de los hebreos.