ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La ecología: un desafío de todos

Por: P. Guillermo Marcó

Con su encíclica sobre medio ambiente, el Papa colocó a la Iglesia como actor relevante en el cuidado de la Tierra. Pero cada sector deber aportar acciones creativas para que el desarrollo económico no dañe al planeta.
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Nadie puede acusar al Papa Francisco de no actualizarse en el planteo de problemáticas globales como el medio ambiente. En ese sentido, debemos celebrar su actitud de destacar a través de una encíclica -Laudio si (“Alabado seas”)- la necesidad de cuidar nuestra casa común, sobre todo con el fin de prevenir una catástrofe por el calentamiento global. Si bien la encíclica fue recibida con entusiasmo por el mundo científico, que ve una apertura de la Iglesia hacia el tratamiento de esta problemática, despertó críticas de sectores que defienden la industrialización y el beneficio del consumo para salir de la pobreza de muchas poblaciones. Francisco afirma: “más allá de cualquier previsión catastrófica, es cierto que el actual sistema mundial es insostenible”.

Hace unos días, leía en el sitio italiano Vatican Insider que “las tesis e hipótesis de Francisco, son tildadas de imprudentes por el padre Robert Sirico, presidente del Acton Institute, un ‘think tank’ cuyo objetivo es la promoción de una sociedad libre, virtuosa y humana mediante la reflexión profunda sobre el vínculo entre la fe y la libertad. Este instituto, de hecho, apoya la absoluta libertad del mercado y de los mercados como solución para los problemas del mundo y trata de relacionarla con la doctrina social de la Iglesia”.

En la encíclica Francisco expone un panorama realista. A la vez que advierte acerca de “la sumisión de la política a la tecnología y a las finanzas” y denuncia que “muy facilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos. Los poderes económicos -afirma- continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera, y hoy cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta”.

El presidente del Acton Institute reivindica el capitalismo por considerar que “ha estimulado la mayor reducción de la pobreza global de la historia mundial”. Y, en base a datos de la Organización Internacional del Trabajo, afirma que el número de personas que viven con $1,25 al día pasó de 811 millones en 1991 a 375 millones en 2013. La creación de riqueza -añade- puede disminuir la pobreza; y la pobreza y la explotación a menudo van de la mano”.

Las críticas del Papa no responden sólo a su juicio: el evangelio promueve una austeridad de vida y la ayuda generosa hacia los pobres. El capitalismo mira a la renta y para generarla crea trabajo y este -que debe ser digno- genera en las personas deseos de mejorar su calidad de vida. Así, al incentivarse el consumo, se genera más trabajo, pero a la vez aquel y la industria contaminan y muchas veces dejan al planeta exhausto de recursos.

Queremos celulares que usan batería de litio y electricidad que se transmite por cables de cobre, y movernos en medios de transporte que emplean combustibles fósiles, todos contaminantes. Habrá que encontrar, pues, un equilibrio porque -como dice el Papa- nadie quiere volver a la época de las cavernas. Y porque incentivar el con- sumo genera trabajo, y eso es mejor que la ayuda social o la dádiva a los pobres, que termina siendo una forma de esclavitud: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.