LAS RELIGIONES EN LA GRAN CITA LITERARIA ANUAL

La espiritualidad ganó espacio en la Feria del Libro

Los textos religiosos no sólo despertaron el interés de los creyentes. Los libros de autoayuda y sobre fenómenos místicos o el sentido de la vida, al tope.
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Cada año son más los que se acercan a la Feria del Libro en busca de textos sobre espiritualidad. Ya no se trata sólo de un público religioso que busca instruirse  sobre algún tema, sino que centenares de no creyentes eligen obras que tienen que ver con la autoayuda, los fenómenos religiosos y el sentido de la vida. Y en la Feria, hay para todos los gustos y bolsillos. Es que, a la hora de elegir, los lectores buscan algo que  les de más paz, mayor seguridad o alimente el espíritu. El dato curioso fue la enorme cantidad de gente joven que se volcó a los libros de autoayuda, como “Sé tu propio  superhéroe” del mediático Claudio María Domínguez, acérrimo seguidor del sacerdote jesuita Anthony de Mello.
Este año -en que las ventas se incrementaron un 30 por ciento con respecto al año  pasado, a pesar de que el valor de los libros también se encareció- editoriales católicas como San Pablo, Claretiana, Ciudad Nueva, Patria Grande y Paulinas, entre otras,  tuvieron también su bonanza. A las edito-riales católicas y evangélicas hay que sumar  las judías, islámicas, budistas, hinduistas y de otras religiones.
La cercana beatificación de Juan Pablo II despertó un nuevo interés por su biografía y  sus enseñanzas, como también las obras de hondo tenor teologal del actual Papa  Benedicto XVI. En el stand de la editorial San Pablo, por ejemplo, se podían encontrar  libros de bolsillo con su obra, a un precio que iba desde los $3 pesos hasta, en textos ya más completos, los $ 74. También hubo un acercamiento mayor a libros que abordan problemáticas morales. Por caso, Conversaciones sobre ética cristiana, que aborda la disparidad de género,
el aborto y la sexualidad. Otros autores que ya son infaltables en la Feria, como el monje alemán Anselm Grüm o  el argentino Mamerto Menapace, mantuvieron su vigencia. Como también la venta de Biblias de diversos formatos en castellano, wichí y toba. El judaísmo no estuvo  representado por editoriales sino por stands institucionales como el de la AMIA y la embajada de Israel. Sin duda el que llamó más la atención fue el del Centro Islámico Rey Fahd, la mezquita  de Palermo, que montó un gazebo (carta árabe) donde -al tiempo que los anfitriones convidaban dátiles- regalaban ejemplares de una breve guía ilustrada para entender el  Islam que, entre otros planteos, respondía a la pregunta: ¿qué es lo que el Islam dice sobre el terrorismo?
El pabellón dedicado al budismo también tuvo mucho público. Se vendían libros de  bolsillo sobre qué es el budismo, colgantes de hilo, llaveros que según el color “velan por la salud, la riqueza o la familia” y los  infaltables sahumerios que impregnaban de perfume los pasillos. Como decían algunos expositores, la atracción del público por lo religioso planteó, una vez más, la búsqueda de la gente por el verdadero sentido de la  vida.