ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

La fe auténtica no pasa de moda

Por: P. Guillermo Marcó

Cada vez más gente, según dicen los medios, busca una religión alternativa, distinta de las tradicionales. Ello conlleva el gran riesgo de inventar un dios a nuestra medida. En cambio, lo verdaderamente religioso es exigente.
Comparte

Los medios de difusión últimamente hacen hincapié sobre el número creciente de personas que se dedican a la meditación. Es bueno que -ante un mundo materialista en crisis- descubramos las bondades de volverse hacia adentro y comprendamos que la felicidad verdadera está en un sano equilibrio entre nuestro interior -lo que sentimos y pensamos- y lo que hacemos. Los medios de comunicación también dan cuenta que cada vez más  la gente busca una religión alternativa, no tradicional o “institucionalizada”, para vivir de un modo particular su relación con Dios. 
Recuerdo haber visto hace tiempo a Woody Allen en una de sus películas en el papel de alguien que busca a Dios y va a un gran “supermercado” religioso. Allí pasaba por las góndolas, sacando sahumerios, velas, incienso, pirámides, imágenes de Buda y de la Virgen. Lo traigo a colación porque
para muchos practicantes de la meditación, lo bueno es relacionarse con todos y con todo. Adoptan así una actitud a la manera de los atenienses, que adoraban muchos dioses y hasta tenían un nicho vacío en sus templos con una lámpara ardiendo para venerar “al dios desconocido”. 
Las religiones tradicionales o “institucionalizadas” -dicen los practicantes de la nueva religión vegetariana- son acartonadas y moralistas. Todo esto tiene algo de cierto y algo de falso. Los que seguimos a una religión “institucionalizada” estamos convencidos de haber buscado a Dios y, ya que él
no nos habló personalmente, le hemos preguntado a la historia. Indagamos si, en alguna oportunidad él se dirigió a los hombres, y allí se nos apareció la respuesta de la revelación judeo-cristiana, diciéndonos: Dios le habló a los hombres primeramente por medio de la “ley”, a través de Moisés. Fue así  Que, en medio de la anomia reinante, él encendió el faro de la ley para iluminar el camino correcto a seguir. Frente a la dificultad de los hombres
para vivir de acuerdo con la ley, envió a los Profetas para recordarles el camino. Y por último, en la plenitud de los tiempos, se hizo hombre en Jesús para hablarnos desde nuestra condición. El nos anunció con hechos y palabras cual es el modo de alcanzarlo. Creer que Jesucristo es Dios es intentar conocer lo que él dice de sí mismo, lo que enseña y el modo de seguirlo. Sin duda que hacerlo es duro, pero lo otro suena a un “delíveri” religioso, donde cada uno se hace un dios a su gusto, le saca lo que le molesta y lo amolda a sus caprichos. El único problema es que eso no es dios, sino un invento de mi sicología que no tiene más verdad que la de la moda. Y sabemos que la moda pasa, que las cosas pasadas de moda terminan cayendo en desuso. La Iglesia Católica aún cuenta con muchos adeptos. Para desmentir a quienes vienen proclamando su decadencia vale citar algunas cifras: El primer fin de semana de octubre los diarios más importantes de Buenos Aires destacaban que se habían congregado 15.000 personas a meditar en el Rosedal de Palermo. En ese momento, más de 1.200.000 argentinos estaban caminando a Luján ante el escaso interés de muchos medios de Comunicación. Lo mismo pasó en España con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en agosto. Para algunos medios, un millón y medio de participantes fueron menos noticia que los 100 que protestaron. En fin, somos muchos los que estamos dispuestos a entregar la vida por Jesucristo, y por su “vetusta” Iglesia. No sé cuántos habrá dispuestos a hacerlo por ser fieles al licuado de zapallo de su dieta vegetariana.