JUDIO

La fe y el coraje de una joven que salvó a su pueblo

Por: Norma Kraselnik

La Biblia nos presenta a Judith, una viuda que por decisión propia se enfrenta al general de un ejército enemigo.
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Las mujeres que protagonizan las historias bíblicas –salvo algunas pocas excepciones- suelen ser partenaires de los hombres que sentaron las bases del judaísmo de esa época: patriarcas, jueces, reyes, profetas. El relato de Judith es uno de esos pocos en donde todo el mérito se lo lleva una mujer que actúa y decide por sí misma.

Judith es una joven viuda, bella, rica y piadosa que logra salvar a su pueblo de una muerte segura. El antagonista es el general Holofernes quien recibe la orden de atacar a las naciones que se habían negado a brindar ayuda a los asirios en su intento por conquistar a los medos. Uno de esos pueblos es Betulia, en las colinas de Samaria, donde vive Judith.

Holofernes y su ejército acamparon al pie de la colina donde se encontraba Betulia y cortaron el suministro de agua de la ciudad. Luego de un mes de resistir, los moradores de Betulia comenzaron a desfallecer por la falta de agua, y solicitaron a su líder que entregase la ciudad. Judith al enterarse de que los jefes del pueblo pensaban rendirse, los mandó a llamar y los amonestó por su falta de fe. Esta primera intervención de Judith ya la coloca en un lugar descomunal: los sabios acuden a su llamado y reconocen su sabiduría e inteligencia.

No obstante, la pasividad de los dirigentes continuaba y es entonces cuando Judith les promete que ella salvará a Israel.

Luego de orar pidiendo la protección de Dios, la viuda se vistió con sus mejores ropas y joyas, se peinó y perfumó realzando toda su hermosura, y se marchó de la ciudad hacia el campamento enemigo.

Una avanzada de soldados asirios la descubrió. Ella adujo que estaba huyendo de los hebreos y que podría ayudarlos a conquistar Betulia. Judith fue llevada ante Holofernes quien se deslumbró ante su belleza, quedando totalmente seducido por ella. En un banquete que el general asirio brindó en su honor y una vez a solas con ella, desplomado en su cama, en un estado de ebriedad, Judith tomó su espada e invocando a Dios, le cortó la cabeza.

Judith regresó triunfal a su ciudad con la cabeza de Holofernes como botín y los hebreos entendieron que contaban con la protección de Dios para expulsar a sus enemigos. Los asirios, ante la humillante muerte de su jefe en manos de una mujer, se retiraron del campamento y Betulia recuperó la paz y su libertad.

El festejo se celebró en Jerusalén y es llamativa la descripción minuciosa con que el texto recupera el lugar de las mujeres en esa ocasión: “Todas las mujeres de Israel acudieron para verla y la bendecían danzando en coro. Judith tomaba tirsos con la mano y los distribuía entre las mujeres que estaban a su lado” (Judith 15:12).

El protagonismo de Judith es pleno y el mundo femenino queda reflejado a través de su pensamiento, sus oraciones y su accionar. Si bien este libro no forma parte del canon de la Biblia hebrea, su nombre se replica en miles y miles de jóvenes y su figura es evocada especialmente en la luna nueva correspondiente a la semana de la festividad de Janucá, conmemoración de las luminarias, que hemos celebrado hace pocos días atrás.