La historia de un milagro sin igual

Por: Daniel Goldman

Januká. Evocación de la luz de la fe ante las sombras del sometimiento.
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Durante esta semana está transcurriendo la festividad de Januká. Su historia nos retrotrae al siglo II a.e.c., época en la que la tierra de Israel era una provincia del imperio griego gobernada por los sucesores de Alejandro Magno. Acorde al relato del libro de Macabeos, a los súbditos del imperio les fue obligado a adorar a los dioses griegos y renunciar a sus creencias. Solo resistió un pequeño grupo liderado por la familia de los Jasmoneos, librando una dura guerra, hasta que los conquistadores les otorgaron la libertad religiosa. El Sagrado Templo de Jerusalén, que se había convertido en un santuario griego, fue consagrado nuevamente al oficio judío, encendiéndose una llama permanente.

El Talmud nos brinda la encantadora historia milagrosa, de que cuando los Jasmoneos -más conocidos como Macabeos- ingresaron al lugar profanado, encontraronescondida una vasija de aceite cuyo contenido alcanzaría solo para una jornada. Pero la maravilla se produjo cuando el oleo ardió durante ocho días. De ahí que el símbolo de la luz se transformó en una alegoría que adquirió sentido propio, ante la oscuridad del sometimiento a renunciar a la fe propia de la tradición.

Inspirada en esa saga, un notorio relato de los antiguos rabinos destaca que “reconocemos en los Macabeos a los protagonistas de la historia. Pero hay alguien que posiblemente los supere, y de quien no sabemos su nombre: “aquel que enterró o escondió la pequeña vasija de aceite”. Entonces pregunta el relato ¿por qué lo habrá hecho? E inmediatamente responde que fue “para mostrar que no todo sucumbe”. Ese ser anónimo vio las cosas con mayor claridad. Vislumbró que hay lados oscuros en las culturas que reverencian los ídolos y la estética del cuerpo en desmedro de las cualidades y el dolor del alma. Ese desconocido de la historia presintió que hay enseñanzas que regresan, y que la imagen de lo divino volvería reflejada en justicia, sabiduría y compasión. Al esconder esa pequeña vasija imaginó que después de años y generaciones, volvería a encenderse esa luz.

Existe un misterio que hace que algo retorne y se renueve. Por ello, el héroe anónimo es el verdadero padre espiritual de la celebración, ya que nos enseña que en el mundo insensible y superficial siempre hay ocultas pequeñas chispas que en algún momento vuelven a encenderse.

La tarea del hombre de fe es buscarlas y desenterrarlas. Hay rastros de maestría que nos esperan ante el vacío de las modas, y que nos inspiran -como decía el filósofo Martín Bubera despertarnos. Que el espíritu de Januká nos haya estimulado a encontrar sapiencia y alegría.