Miércoles 22.05.2019

isñam - autor: Fethullah Gulen

La profunda dimensión de la palabra humildad

Musulmán significa ofrecimiento, entrega por completo a Dios. Esos valores espirituales son reconocidos en la figura del Papa Francisco, un abanderado del diálogo interrreligioso
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Hace pocos días contemplamos con asombro y gran alegría la asunción del Papa Francisco, el primer Papa latinoamericano de la historia. A medida que corrían los días lo vimos realizar grandes gestos de humildad, a la manera de un total seguidor de Jesús, pidiendo por una Iglesia pobre y más cercana a los fieles, una Iglesia humilde y servidora. Esto nos ha hecho recordar, como musulmanes, la etimología de la palabra que nos nombra: musulmán significa literalmente ofrecerse, entregarse, darse por entero a Dios. El mayor acto de fe del musulmán es su completa entrega a Dios, es decir, ser conscientes de que somos creación de algo mayor, de algo que siempre es más grande (Allahuakbar). Y ser plenamente conscientes de su existencia, significa ser también humildes. Según el intelectual turco Fethullah Gulen, en el libro “Las colinas esmeraldas del corazón”, la humildad (en árabe: tawadu) es lo opuesto de la
arrogancia, el orgullo y la soberbia. También se puede interpretar como el ser consciente de la posición real que uno tiene ante Dios, y permitir luego que esa conciencia sea la que guíe nuestra conducta ante Él y ante los demás.
En una narración que se atribuye al Profeta Muhammad se afirma: «Al que es humilde, Dios lo enaltece; al que es soberbio, Diosle humilla». Así pues, la grandeza de la persona es inversamente proporcional a su arrogancia, lo mismo que su verdadera insignificancia estará en relación inversa a su humildad. 
La humildad ha sido definida de muchas maneras: sentirse carente de todas las virtudes que se originan en uno mismo, tratar a los demás con sencillez y respeto, verse a uno mismo como el peor de la humanidad, y estar alerta ante cualquier agitación del «yo» para suprimirla de inmediato. Cada una de estas definiciones expresa una dimensión de la humildad. No obstante, la última está relacionada con aquellos que han sido hecho sinceros por Dios, con los que están cerca de Él. La verdadera humildad implica que la persona reconozca su lugar ante la grandeza infinita de Dios y luego convierta este potencial ya realizado, en una parte esencial y bien arraigada de su naturaleza. Aquellos que lo han conseguido son humildes y ecuánimes en sus relaciones con los demás.
Los que se han dado cuenta de que son nada ante Dios Todopoderoso, gozan de equilibrio en sus vidas religiosas y en sus relaciones humanas. Acatan los mandatos de la religión porque no tienen objeciones ante las verdades reveladas de la religión ni critican su método a la hora de dirigirse o relacionarse con la razón humana. Están convencidos de que es verdad todo lo que está contenido en el Corán y en las Tradiciones auténticas del Profeta. Aquellos que son realmente humildes no se atribuyen los frutos de su trabajo y de sus esfuerzos, ni creen que el éxito o los esfuerzos en el camino de Dios los hacen ser superiores a otros.
No les importa la opinión de los demás ni exigen compensación alguna por sus servicios en el camino de Dios. El amor de los demás es una prueba para su sinceridad, y no se aprovechan de los favores que Dios les otorga para alardear de ellos ante otros. En resumen, del mismo modo que la humildad es el pórtico a la buena conducta o a ser distinguido con las cualidades divinas (generosidad, misericordia, servicio, indulgencia), es también el medio primero y más destacado para estar cerca del Creador y de lo creado. Las rosas crecen en la tierra, y el género humano fue creado en la
Tierra, no en los cielos. Cuando más cerca de Dios está un creyente, es cuando se postra ante Él.