judaismo - autor: Tzvi bar Itzjak

La profunda señal de la luz

Velas, antorchas y candelabros ocupan un lugar central en la tradición judía. La cercanía de la celebración de las luminarias invita a revalorizar su sentido.
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Nos recuerda Hersh Ibn Jaia en una de sus frases que “La luz apacigua las mentes y las almas”. Por eso los cuerpos y fenómenos luminosos como el sol y la luna sirvieron como elemento fundamental y estuvieron cargados de sacralidad en la cultura del hombre antiguo. Cuenta el midrash acerca de la angustia que Adán, el primer ser creado, sufrió al ver cómo el sol iba desdibujándose en el horizonte hasta quedar en la oscuridad. Al desconocer el ciclo de la naturaleza la desesperación se apropió de su alma. Y así, el fuego dio lugar a la luz y la luz a las antorchas y de ese modo hasta llegar
a las velas y cirios que motivan a una atmósfera distinta. Es por eso que llegaron a incorporarse como símbolos de la vida religiosa. Comenzando por el shabat, en la tradición judía se nos indica encender dos velas justo antes del atardecer del viernes para señalar el comienzo de la jornada de descanso y así distinguir el fin de la semana de trabajo. Muchas familias embellecen esta costumbre añadiendo una luminar ia de acuerdo a la cantidad de hijos que esa casa alberga. El candelabro también conocido como Menorá (en hebreo) es uno de los elementos rituales más antiguos y característicos. Es una lámpara de siete brazos y representaría a los arbustos en llamas que, como dice el libro de Éxodo, descubrió Moisés. El primer candelabro fue construidodurante la travesía del desierto del Sinaí y ocupó un lugar central en el Templo de Jerusalén. Janucá, la fiesta que comienza este 27, es llamada “la celebración de las luminarias”. Dura ocho días y apela a un candelabro de ocho brazos. Recuerda la resistencia de los Macabeos contra la hegemonía helenista. Según el Talmud, al terminar la guerra los Macabeos retornaron a Jerusalén y encontraron al Templo profanado, la Menorá apagada y aceite para encenderla un solo día. Sin embargo, el poco óleo que tenían mantuvo ardiente al candelabro durante una semana y un día. El milagro de la luz otorgó identidad y condujo al pueblo a su liberación.