ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

La riqueza de anunciar a Jesús

Por: P. Guillermo Marcó

Con la llegada de las vacaciones de invierno, muchos jóvenes deciden ir a misionar a lugares desfavorecidos del interior, pero con habitantes abiertos y muy generosos. Una experiencia que permite crecer en la fe y el amor.
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Se acercan las vacaciones de invierno, si bien desde que empezó el mundial el clima general fue de distracción de la rutina cotidiana. La opción para muchos jóvenes estudiantes no es el descanso, sino encarar una actividad distinta: la apostólica. Emplear su tiempo libre en ir a misionar, en llevar con
la palabra y las obras el Evangelio a un lugar alejado del que viven. 
Siempre me llamó la atención esta experiencia desde que estando en la parroquia porteña de San Benito, hace 22 años, fui a misionar por primera vez a la provincia de La Rioja, siendo aún seminaris-ta. Y me llamó la atención por varias razones. En primer lugar, quien misiona conoce el interior de su país no como turista, sino como protagonista. Hay lugares que uno nunca visitaría, casas a las que jamás sería invitado, sino fuese misionero.
En segundo lugar, misionar constituye un intercambio existencial impresionante: salir de las comodidades a las que estamos acostumbrados. Por caso, tener que dormir en el piso duro y frío de una escuela. Además, circunstancias como compartir la preocupación de los lugareños por la escasez del agua, ver reflejada la sequía en los surcos agrietados de la tierra, hace que uno aprenda a valorar un recurso que tantas veces derrocha. En el Chaco, donde venimos misionando en los últimos años con 48 universitarios, la gente solo cuenta con el agua de lluvia para beber, bañarse, dársela a los animales o regar su huerta. De los
pozos se extrae agua salada que no sirve para nada.
Pero esa escasez es inversamente proporcional al derroche de su alegría. La gente sabe reírse y lo hace con ganas, con esa risa contagiosa, inocente que brota de una vida ajena al clima de agresión que reina en las grandes ciudades. Sosebre todo, disfrutan casi con el único bien que tienen: sus hijos. Los
pobres saben de generosidad a la hora de tenerlos, y no porque no sepan de anticonceptivos, sino porque saben que la vida es un valor y hay que darla, aunque materialmente posean muy poco.
En la misión nos levantamos temprano para desayunar y hacer  a oración de la mañana. Después partimos de dos en dos para visitar las casas y, como no es un pueblo, sino chacritas dispersas por el monte, a veces hay que caminar más de una hora para llegar. Ya en las casas, la gente deja lo que está
haciendo para recibirnos. No están corriendo como nosotros porque son ricos en tiempo. Nos invitan a sentarnos y en algunos lugares son tan pobres que improvisan asientos con un bidón, un cajón o un tronquito, que nos sirven para armar la ronda. Es que valoran mucho la visita.
Al compás del mate, que pasa de mano en mano, nos ponemos al día de qué fueron sus vidas y las nuestras y terminamos leyendo la palabra de Dios, que le da sentido a nuestras vidas y nos sirve para crecer juntos en el amor a Dios. Al mediodía almorzamos juntos y, luego de la “sagrada” siesta, nos disponemos a recibirlos en la escuela. Allí los chicos van por un lado, los jóvenes por otro y los adultos tienen su espacio. Cada día tiene algún tema motivante sobre el que se conversa y se comparte  untos de vista. A eso de las cinco participamos de la celebraciónde la misa. Ellos inician después la vuelta a su casa y nosotros evaluamos el día, cocinamos, comemos y, a la luz de las estrellas,  con fogón de por medio, hacemos nuestra oración de la noche.
La fe se fortalece dándola. El amor crece compartiéndolo. Lejos, muy lejos de la rutina cotidiana, esta experiencia sigue atrayendo a muchos jóvenes y sacerdotes que regresan con las manos vacías, pero el corazón lleno, sintiéndose un  poco más cerca de Dios.