Fenómeno gratificante en medio de la pandemia

La solidaridad, efectiva respuesta ante riesgo de estallidos en las villas

A raíz del aumento de las necesidades en los asentamientos de la zona metropolitana por la cuarentena se suscitó una gran corriente de ayuda, sea con la donación de alimentos, sea con el reparto de viandas, que resulta socialmente muy contenedora.
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Sergio Rubin

La palabra solidaridad parece tener un halo romántico que remite al campo de las buenas intenciones, algo así como una acción complementaria ante una sociedad que no siempre contempla, en los hechos, la dimensión comunitaria, particularmente la situación de los menos favorecidos. Pero en el actual contexto de la incipiente propagación del coronavirus en las villas de la región metropolitana y los rigores de la cuarentena está jugando un papel clave para paliar el hambre y contener eventuales desbordes sociales.

El “Estado presente” que proclama el Gobierno apenas puede atender una parte de la demanda, sea porque esta es enorme, sea por su acotada eficiencia. Muchas organizaciones, mucha gente mejor ubicada en la pirámide social, se percató de entrada que las iglesias, las ONGs, las asociaciones empresariales y sindicales, los movimientos sociales y, en fin, las empresas y particulares, debían asumir un papel relevante porque la situación era -y lo es cada vez más- realmente muy delicada.

Una de las primeras voces que se escuchó con fuerza y que tocó conciencias fue la del sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga, quien ya en marzo les dijo, palabras más, palabras menos, a empresarios de primerísima línea que si no se encaraba una acción solidaria enérgica en las villas el hambre podría llevar a comportamientos desesperados. Así surgió Seamos Uno, una campaña para armar y distribuir un millón de cajas con alimentos y productos de limpieza en los asentamientos.

A más dos meses de iniciada la campaña ya se distribuyeron 300 mil cajas en barrios populares de la zona metropolitana. Cajas que se armaron con el aporte de empresas y donaciones de particulares a través de Internet y la asistencia en el acopio y distribución de firmas de primera línea dedicadas a logística. Y que llegaron sin ningún tipo de discriminación a los beneficiarios a través de integrantes de organizaciones solidarias reconocidas, con trabajo en el territorio.

Pero la campaña Seamos Uno, si bien de envergadura, es una de las incontables acciones solidarias, muchas veces surgidas del aporte espontáneo de gente que decide en sus casas cocinar y llevarla al comedor comunitario de su barrio. No se trata, por cierto, de casos aislados, puntuales, sino extendidos, particularmente en el gran Buenos Aires. Acaso el partido de San Isidro constituya una óptima muestra de esas solidaridad que surge en los hogares.    

No debe pasarse por alto el papel de muchos de los propios vecinos de las villas que cocinan o distribuyen las viandas. Hay que destacar, incluso, la disposición a compartir la comida para que nadie quede excluido. La hermana Cecilia Lee, que trabaja en el barrio Itatí, una de las villas más grandes de América Latina, lindante con la hoy cercada Villa Azul, afirma que la multiplicación de los peces y los panes que narran los evangelios se replica allí.

No solo eso. Hay vecinos que guían a los agentes sanitarios del plan Detectar por los angostos pasillos para que lleguen a todos los recovecos de la villa y puedan testear a la mayor cantidad posible de habitantes. De hecho, el haber agrandado el universo permitió en Itatí establecer 20 casos positivos más a los siete anteriores y, por consiguiente, proceder al aislamiento y atención de los enfermos, y evitar en lo posible más contagios.

Muchos curas villeros, aunque no niegan el aporte de las municipalidades,  no ignoran que los bolsones que reparte el Estado no llegan a todos los que deberían llegar; que los subsidios de emergencia, tampoco; que si bien se avanzó en la respuesta, la provisión de agua en las villas no es completa. Y, en fin, que el cercar villas es una decisión muy controvertida. Pero creen que no es momento para criticar, sino para poner el hombro.

Eso sí, hay una coincidencia generalizada entre los líderes religiosos en que la enorme corriente solidaria está conteniendo eventuales desbordes sociales. Además, afirman que los habitantes de las villas tienen tanto temor al contagio como el resto de los ciudadanos. Además, no quieren los desmanes. Pero no pueden asegurar que la paz social se sostenga con la prolongación de la cuarentena.

Por eso, más que nunca los que, mucho o poco, algo tienen no deben bajar los brazos.

Fuente: VR