EVOCACION

La trama secreta de la guerra que no fue

Por: Sergio Rubin

Cómo evitó Juan Pablo II una conflagración con Chile que era inminente. Las gestiones de Primatesta y del Nuncio Apostólico, Pío Laghi, para que el Papa interviniese. La venida del cardenal Samoré y sus arduas tratativas en pos de que ambos gobiernos acep
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La gigante figura del Papa Juan Pablo II -que venía precedida de antecedentes descollantes cuando era sacerdote, obispo y cardenal- tuvo su primer hito confirmatorio como pontífice apenas dos meses después de haber asumido el 16 de octubre de 1978: fue al aceptar -en un gesto de enorme audacia- intervenir en el conf licto entre la Argentina y Chile por el canal de Beagle, enviar a un delegado personal, el recordado cardenal Antonio  amoré, y detener a los pocos días una guerra entre ambos países que a todas luces parecía inevitable. Aquella decisión y las arduas gestiones que se  sucedieron en medio de una tensión prebélica casi insoportable -que permitieron esquivar una tragedia con un incalculable costo en vidas que abriría una herida eterna entre dos naciones- tuvieron un desarrollo febril, por momentos desesperado, y muchas veces próximo al más rotundo fracaso.
A 30 años de los hechos, aún hay entretelones que se desconocen. Pero investigaciones como la del periodista Bruno Passarelli para su excelente libro “El delirio armado: la guerra que evitó el Papa” ofrecen una idea muy aproximada de hasta dónde llegó la locura guerrera de dos dictaduras y el  empeño que puso la Iglesia y el propio Juan Pablo II para que se esquivara el horror. El conflicto afloró el 2 de mayo de 1977 cuando se conoció
el laudo arbitral de la corona británica a la que habían recurrido ambos países. El resultado era catastrófico para la Argentina, no solo porque no le reconocía soberanía sobre las Lennox, Picton y Nueva, en disputa, sino porque se otorgaba, además, a Chile derechos terrestres y marítimos sobre
islas y aguas que no fueron sometidas al laudo, vulnerándose el principio de Argentina en el Atlántico y Chile en el Pacífico. 
La Argentina rechazó el fallo en febrero de 1978 y comenzaron negociaciones bilaterales que, en octubre de ese año, fracasaron rotundamente. Chile  o quería renunciar a lo que el laudo le había otorgado. Fue, entonces, cuando el gobierno argentino empezó a hacer sonar con fuerza los tambores
de guerra. Al arrancar diciembre,el choque armado estaba a la vuelta de la esquina. Consciente de la gravedad de la situación, el entonces Nuncio Apostólico en Buenos Aires, monseñor Pío Laghi, hacía discretas gestiones para lograr algún tipo de intervención del Papa. Pero sus cables al Vaticano no parecían tener eco. A su ofensiva se sumó el cardenal Raúl Primatesta, quien el domingo 10 de diciembre arribó a Roma para participar de un sínodo y se reunió en secreto con quien era el canciller del Vaticano, el cardenal Agostino Casaroli, y el propio Juan Pablo II. 
Como se sabía que el martes 12, los cancilleres de la Argentina, Carlos Washington Pastor, y de Chille, Hernán Cubillos, iban a celebrar en Buenos Aires una reunión clave, Primatesta logró que el Papa enviará una carta a ambos presidentes apelando a nuevas negociaciones. Pero el llamado no
surtió efecto y el encuentro fracasó. Como la situación seguía deteriorándose, Laghi se reunió con el embajador norteamericano en la Argentina, Raúl Castro -con quien venía monitoreando todo- para pedirle que el presidente norteamericano James Carter, a través de su representante ante la Santa Sede le hiciera saber a Juan Pablo II que el cuadro era muy grave, que los informes del Nuncio eran veracesy que sólo su intervención pararía la guerra. Todo indicaba que el desembarco argentino en las islas se produciría a partir del 20 de diciembre. Sin respuesta, Laghi aguardó con ansiedad el regreso a Buenos Aires, el lunes 18, de Primatesta, con quien se reunió horas después de su arribo. Tras la actualización de la gravedad de la situación que le hizo el Nuncio, el cardenal decidió llamar a los obispos más prominentes para acordar una carta al Papa pidiendo su intervención y el
envío de un representante (Laghi había pedido un delegado escasos días antes, mediante un cable).
Providencialmente, una fuerte tormenta en la zona austral postergó el desembarco argentino. Al día siguiente, Juan Pablo II accedió al pedido y se lo comunicó a los dos gobiernos. Por la diferencia horaria, recién a primera hora romana del viernes 22, conoció la aceptación de ambos presidentes.  sa
mañana, durante el tradicional saludo navideño a la curia romana, formuló el anuncio. Faltaban solo 14 horas para el desembarco. Como un regalo de Navidad, el 25 de diciembre llegó al país el enviado papal, el cardenal Samoré para una etapa no menos ardua: confirmar la detención de la guerra y acordar la mediación sobre todos los puntos en disputa. Gracias a Passarelli, se sabe hoy que en la decisión papal -tras los ruegos de Laghi, Primatesta y Carter- como en la elección de Samoré fue clave Casaroli. En 17 días, Samoré atravesó dos veces la cordillera, se entrevistó tres veces  on el presidente chileno Augusto Pinochet -ante quien la última vez debió levantar la voz para que se aviniera a poner en la agenda mediadora todos los
aspectos en disputa-, cinco veces con el mandatario argentino, Jorge Videla, y una veintena con los cancilleres.
En cuanto a los argentinos, fue decisiva una reunión que tuvo el 30 de diciembre -junto a Laghi y Primatesta- con Videla y la Junta Militar en Olivos.
El primero de enero, con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz, el Papa hizo un nuevo llamado a los gobiernos. El 5 de enero Cubillos le anticipó a Samoré que Pinochet cedería. Al día siguiente, el cardenal entregó un memo a Videla y la junta que contemplaba los requisitos argentinos para ir a la mediación. Y el 7 de enero, Chile comunicó su determinación de retrotraer el conf licto a la situación previa al laudo arbitral. Con toda velocidad y en secreto -para zafar de la presión de los sectores más duros, encabezados aquí por los generales Carlos Suárez Mason y Luciano Menéndez-, se acordó para el día siguiente la firma del Acta de Montevideo, donde se ratificaría el no empleo de la fuerza y se aceptaría la mediación papal. Antes de volar a Uruguay, el canciller Pastor fue duramente increpado en el aeroparque por Menéndez, que quería abortar el acuerdo. Después vendrían dos años de intensa mediación en Roma bajo la coordinación de Samoré. Hasta que llegó la propuesta papal de diciembre de 1980, que el gobierno
argentino se resistió a aceptar, pese a que era un claro avance respecto del laudo. Hubo que esperar la vuelta a la democracia en el país para que, en 1984, se firmara el tratado que consolidó la paz.