ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La verdadera belleza está en el alma

Por: P. Guillermo Marcó

En tiempos del culto al cuerpo. De la mano de la gimnasia y las cirugías estéticas, lo físico tiene hoy gran relevancia. Pero nos olvidamos que una intensa vida espiritual es la mejor respuesta al envejecimiento.
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El cuerpo es una cuestión muy presente hoy en día, en estos tiempos de cuerpos estandarizados, bellos y moldeados en el gimnasio. Pero es sabido que en la historia hubo distintos ideales de belleza, no necesariamente coincidentes con el actual. Y si bien, por caso, el deporte es saludable, muchas veces la tensión entre lo que somos y lo que nos gustaría ser causa una dosis no menor de angustia. Muchas derivan en patologías o enfermedades como la bulimia o la anorexia y ni hablar de los talles de la ropa, solo para cuerpos delgados. Estos trastornos tienen que ver con la imagen, con el “cómo me veo”, “cómo me ven”, “cómo soy”...

El cuerpo, al compás del calendario, acusa recibo de nuestro inexorable peregrinar. Aunque se quiera recurrir a los retoques externos de la cirugía. El retrato de Dorian Gray -una novela escrita por el irlandés Oscar Wilde, publicada originalmente en 1890-, cuenta que Basil Hallward, un artista plástico, queda fuertemente impresionado por la belleza estética de un joven llamado Dorian Gray y comienza a admirarlo. Basil pinta un retrato del joven. Charlando en el jardín de Hallward, Dorian conoce a un amigo de Basil y empieza a cautivarse por la visión del mundo de Lord Henry. Exponiendo un nuevo tipo de hedonismo, Lord Henry sostiene que “lo único que vale la pena en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos”. Al darse cuenta de que un día su belleza se desvanecerá, Dorian desea tener siempre la edad de cuando Basil lo pintó en el cuadro. Y mientras él logra mantener para siempre la misma apariencia del cuadro, la figura retratada envejece por él. Así, el retrato sirve como un recordatorio de los efectos del paso del tiempo y de sus comportamientos, de su envejecimiento, pero también de sus pecados.

Una cosa es sostener un modelo corporal en la juventud; otra cosa es sostenerlo en el tiempo, no aceptar que los años pasan. Una cosa es cuidarse y hacer deporte para que nuestro cuerpo esté saludable y otra es vivir angustiado porque me veo envejecer frente al espejo. La belleza interior hace a la belleza exterior y se cultiva de otro modo. De hecho, muchas revistas científicas publicaron estudios sobre los efectos benéficos en la salud de la meditación. “El estudio de las monjas” es la denominación con que se conoce una de estas investigación que relacionaron el envejecimiento con la actividad cerebral. Sus protagonistas son unas religiosas norteamericanas de la Escuela de las Hermanas de Notre Dame, una congregación dedicada a la enseñanza. El autor es un médico epidemiológico, David Snowdon, quien estudió durante 15 años el cerebro de este grupo de mujeres con condiciones similares de vida. La mayoría donó su cerebro para un análisis post mortem. El estudio comprobó que muchas tenían todas las huellas del Alzheimer, pero no habían tenido los síntomas de la enfermedad. Cabe concluir que la búsqueda de equilibrio entre las tensiones propias de la vida es el desafío al que nos somete la modernidad. Y que la espiritualidad tiene mucho que aportar a ese equilibrio. “Somos templos del Espíritu Santo”, decimos desde la fe.

En definitiva, no importa cómo sea nuestro cuerpo, somos hechura de Dios. Cuando estemos ante una sensación de que “no valgo nada” apostemos a sentir esa caricia al alma que constituye el amor de Dios, quien es más íntimo a nuestro ser que nuestro propio yo. Y aquellos que no creen en Dios pueden recurrir al amor de los que lo aman, a la familia y a la amistad, que suelen ser ámbitos en donde somos valorados más allá de nuestra imagen, de nuestra salud o de nuestra vejez.