Miércoles 24.04.2019

JUDIOS. EL LEGADO DE UN PENSADOR

La vida en clave de diálogo

Filósofo, estudioso de la música y autor –entre otras grandes obras– de “Yo-Tú”, Martín Buber sostenía que “toda vida verdadera es encuentro”.
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- Tzvi bar Itzjak -

Martín Buber –el pensador judío contemporáneo a quien más admiro– nació en Austria a fines del siglo XIX y fue criado por su abuelo Salomón Buber, un hombre erudito y observante, conocedor tanto de los textos sagrados como de la filología, quien despierta en su nieto la vocación hacia el horizonte de los nuevos pensadores filosóficos y literarios de ese período. De ahí que Martín dominara desde pequeño las lenguas clásicas y también aquellas que resultaban moda en la época, como el francés y el polaco.

La Universidad de Viena es la que le permite relacionarse con encumbrados académicos de su generación y con las ideas políticas en boga. Ya en 1904 se dedica plenamente al pensamiento, a la escritura y al estudio de la música. De su inmensa producción, entre otras cosas, le debemos un pequeño libro, el Yo-Tú, que por su con- tenido agigantó la filosofía contemporánea.

Aunque peque de superficial, si tuviese que resumir el pensamiento de Buber en una sola frase, utilizaría una que es más que potente: “Toda vida verdadera es encuentro”. Toda (y no parte) verdadera (y no falsa) vida (y no subsistencia) es encuentro. Lo que indica que el arte del encuentro, para que sea de verdad, exige que lleve toda la vida. Enseña Buber que el amor no es un sentimiento que se adhiere al Yo de manera que el Tú sea un contenido u objeto; el amor está entre el Yo y el Tú. Quien no sepa estoy no lo reconozca con todo su ser, no conoce el amor, aunque atribuya al amor los sentimientos que experimenta.

Esta profunda reflexión proviene fundamentalmente del estudio del Jasidismo. Se trata de un movimiento surgido en Ucrania y Bielorrusia durante el siglo XVIII, que produjo formulaciones bellamente originales, brindando una riqueza que sorprenderá la dinámica de la vida judía.

Entre sus ejes centrales se encuentra la importancia del apego constante a Dios, ya que, según sus principios maestros, no es necesiario ser un erudito para aproximarse a lo Divino, porque siempre está presente en el alma de las personas buenas que cumplen sus preceptos por amor a El.

De manera notable, Buber decidió aislarse durante un par de años para investigar este movimiento y su literatura, extrayendo lo más didáctico de esta corriente, que fueron sus cuentos. Así resuelve abrir una fuente inagotable de imaginación, en la que las palabras, los aforismos y las simples leyendas insuflan espíritu e iluminan la existencia.

Cuenta el maestro que dijo el rabí de Sadagora a sus discípulos: “Cada cosa puede enseñarnos algo y no sólo lo que ha creado Dios. Lo que hizo el hombre también puede educarnos”.

–¿Qué podemos aprender de un tren? –preguntó uno de sus alumnos.
–Que a causa de un segundo podemos perder todo.
–¿Y de un telegrama?
–Que cada palabra cuenta y se cobra.
–¿Y del teléfono?
–Que lo que decimos aquí se es- cucha allá.


El rabí Bunam enseña: nuestros sabios dicen “buscad la paz en vuestro propio lugar”. No podemos encontrar la paz en ningún otro lugar que en nuestro propio ser. Cuando un hombre ha hecho la paz consigo, está capacitado para hacer la paz con el resto del mundo. Hay algo que sólo se puede encontrar en un lugar y es el gran tesoro denominado la realización de la vida. El lugar donde este tesoro se halla es donde nos encontramos.

En 1938, como producto de sus convicciones, Buber emigra a Israel, transformándose en uno de los más destacados profesores de la Universidad Hebrea de Jerusalén, añadiendo a ello su compromiso político y creando, junto con encumbrados intelectuales, el Ijud, movimiento que apoyaba la intensa cooperación entre árabes y judíos. En 1946 publicó su libro Caminos de utopía, en el que detalla sus puntos de vista y, sobre todo, su teoría de la Comunidad de Diálogo. Buber murió en 1965, dejando un legado inconmensurable.