Miércoles 20.10.2021

JUDIOS

Las brujas y las ciencias ocultas según el Talmud

Por: Norma Kraselnik

La ley hebrea prohibía el esoterismo, una práctica ampliamente difundida y asociada con las mujeres
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La travesía en el desierto del pueblo hebreo durante cuarenta años, luego de su liberación de la esclavitud en Egipto, permitió que nuevas costumbres y leyes fueran asimiladas por ellos antes de habitar la tierra de Israel. Era necesario repeler los cultos idólatras de la sociedad cananea con la que entrarían en contacto.

Uno de esos comportamientos, de enorme difusión por esa época, era el esoterismo: la práctica de oráculos y ritos que pretendían predecir el futuro. Y así leemos en el Deuteronomio 18:9-11: “Cuando hayas entrado en la tierra que Yahveh, tu Dios, te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de esas naciones. No ha de haber en ti nadie que (…) practique magia, astrología, hechicería, brujería. Ningún encantador, ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos”

Por un lado, vemos la denostación expresada en el término “abominaciones”, y por otro, la minuciosidad con la que se describen las distintas ciencias ocultas. Los hebreos tendrían, en cambio, profetas que mediante visiones y sueños recibirían las señales Divinas.

En cuanto al castigo correspondiente a dichas prácticas, leemos en el Levítico 20:27 que se condena a muerte mediante lapidación a quien se dedique a la nigromancia y a la adivinación, y en Éxodo 22:17 la brujería queda asociada únicamente a la condición femenina: “A la hechicera no la dejarás con vida”.

En una discusión recopilada en el Talmud, los sabios se preguntan por qué el texto bíblico se refiere a “hechicera” y concluyen que es porque la mayoría de las mujeres están familiarizadas con tal práctica.

Saúl, el primer rey de Israel (1030- 1010 a.C.), echó a todos los hechiceros y adivinadores, pero cuando se vio agobiado ante una inminente guerra y no tuvo respuesta de los profetas, pidió ser llevado ante una nigromante que había eludido el decreto. Llegó a la ciudad de Endor disfrazado y le pidió a la mujer que evocara al fallecido Juez Samuel.

Ella temió por su vida, pero luego de que Saúl le asegurara su integridad logró la comunicación con el espíritu de Samuel, quien advirtió el nefasto final de la guerra que emprendería contra los filisteos.

Luego de esa experiencia, el relato describe a un rey angustiado, aterrado y sin fuerzas.

La bruja de Endor le insistió para que comiese y, casi como una madre amorosa, le preparó un ternero y amasó panecillos (ISam. 28)

La literatura talmúdica más de una vez insiste en vincular la brujería a las mujeres y sus páginas guardan un episodio ocurrido en la ciudad de Askelón, en la que en el S.I a.C. se colgaron 80 mujeres sospechadas de practicar la brujería (Sanhedrín 6:4).

Con estos ejemplos vemos cuánto más antiguo es el preconcepto que asocia casi con exclusividad las prácticas esotéricas con las mujeres y las condena ciegamente, tal como lo conoceremos siglos más tarde en el medioevo europeo.