ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Las enseñanzas que deja la selección

Por: P. Guillermo Marcó

Una lección en vísperas de Navidad. El seleccionado de fútbol y su técnico evidenciaron en el Mundial un trabajo en equipo y una capacidad para superar la adversidad que deberíamos imitar como sociedad.
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Es posible que nunca el país entero haya rezado tanto como el domingo pasado a partir del segundo tiempo del partido de la final del Mundial y ni qué decir durante los penales. Más allá de toda la angustia y la posterior desbordante alegría, la selección argentina deja varios mensajes del que sus compatriotas deberíamos tomar nota. El primero es el trabajo en equipo. Nada se logra solo con el mejor jugador del mundo. Un equipo puede sobreponerse a los fracasos -podríamos decir que a los jugadores les hizo bien perder el primer partido porque les permitió evitar el exceso de confianza (en los papeles, el partido con Arabia Saudita era fácil) y hacer los ajustes pertinentes. El segundo mensaje es que la selección es antigrieta: está formada por jóvenes con distintos talentos, pero armonizada por alguien técnicamente competente y serio en su trabajo. Que no hace declaraciones fuera de lugar, ni desprecia a sus rivales. Que, en fin, es humilde y ubicado. Mientras que los jugadores dieron muestras de cuidarse entre ellos. Parafraseando al Papa Francisco, fueron conscientes de que nadie se salva solo.

Messi declaró una vez que su manera de jugar era un don de Dios y que él había puesto lo mejor de sí para que ese talento fructificara. Tuvo que vencer dificultades de crecimiento, irse a vivir a España, entrenar duro y padecer muchas veces por la falta de simpatía de compatriotas que lo criticaban sin piedad. Detrás de cada jugador hay un ejemplo de superación y tolerancia al fracaso. Muchos de ellos se persignan al salir a la cancha o miran al Cielo después de hacer un gol. Las declaraciones de la mayoría no se perciben soberbias, sino con humidad agradecida, sobre todo con sus familias. En un mundo que tiende a manifestar cada vez menos su valoración por la familia, es reconfortante ver cómo lo hacen Scaloni y todos los jugadores, al reconocerles la contención que les brindan y dedicarles sus triunfos.

Restan apenas unos días para la Navidad. Es una fiesta que celebramos también juntos. Dios decide encarnarse en el seno de María y nacer entre nosotros, venir a iluminar con su Palabra la vida de los hombres para que formemos también una comunidad. En Navidad aprendemos a dejarnos guiar para alcanzar la mejor versión de nosotros mismos, que es la santidad. La fe carece de sentido si no me ayuda a poner mis talentos al servicio de la comunidad. Como dice el apóstol Santiago: “Una fe sin obras es una fe muerta”. Ahora bien: es importante ver nuestros “éxitos” y “fracasos” desde la dimensión religiosa. Y en ese marco tener en claro que la perseverancia es una virtud esencial; sin esa capacidad podemos bajar los brazos y dejar de luchar cuando todo parezca perdido y hasta creamos que moriríamos en la pelea.

Por último rescato el sentido de la fiesta. Contentos por el triunfo de la selección, los argentinos salimos estos días a festejar con los colores de la bandera -los colores que Belgrano tomó del manto de la Virgen-, sin distinción de credo o ideología. Es el primer diciembre que lo hacemos en muchos años. Aunque los problemas persisten, podemos festejar.

Fin de año es un momento de balance. Desde una mirada de fe podemos ver nuestra historia como historia de salvación. Y, como la selección, sacar éxitos de los fracasos; no quedarnos en lo que no nos salió, sino recibir el nuevo año como una oportunidad para ser mejores. Ojalá que esta alegría que nos dio el fútbol y la fiesta de la Navidad sean un anticipo de un mejor 2023.

¡Feliz Navidad y un venturoso Año Nuevo!