LAS VISIONES DE ANA CATALINA

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Ante Pilatos, Jesús “era irreconocible a causa de la sangre que le cubría los ojos, la boca y la barba. Su cuerpo era pura llaga”.

“La crueldad de los hombres lo desfiguró (...). Un gemido suave y claro salió del pecho de Jesús, y su sangre salpicó los brazos de sus verdugos”.

“Ataron su pecho y sus brazos al madero para que el peso del cuerpo no arrancara las manos de los calvos. El sufrimiento era insoportable”.

“María se prosternó y besó la tierra allí donde su hijo había caído. Magdalena se retorcía las manos y Juan las consolaba, levantaba y alejaba”.

La flagelación duró “tres cuartos de hora”, cayendo “bañado en su propia sangre” y mirando como si estuviera “suplicando misericordia”.