Viernes 17.07.2026

Dejó un fuerte mensaje: “alzad la mirada”

León XIV en España: Una semana, 4 ciudades y millones de fieles

El Papa protagonizó un viaje histórico repleto de momentos muy emotivos en los que dejó mensajes que resonarán durante mucho tiempo como sus llamados a revitalizar la fe, defender la vida en todo momento, acoger a los migrantes y evitar la polarización.
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El Papa León XIV ha finalizado su periplo por España, en el que ha visitado Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife. El Santo Padre ha tenido la oportunidad de conocer de primera mano la realidad de las organizaciones caritativas de ese país, además de poder oficiar misas multitudinarias en todas las ciudades a las que ha acudido.

El arranque en la capital fue una enmienda a la totalidad al relativismo. Ante 1.200.000 personas en la Plaza de Cibeles, el Papa fue tajante: la fe de España no puede ser un «museo del pasado». Advirtió contra la tentación de alimentarse de un «pan que no sacia», señalando que la verdadera tradición es una escuela viva, no una pieza de coleccionista. En el Congreso de los Diputados, León XIV no se limitó a la diplomacia; reivindicó la «luz» del pensamiento español —desde la Escuela de Salamanca hasta Unamuno— para recordar que la libertad es un don sagrado que conlleva la responsabilidad de proteger al más débil, especialmente al niño no nacido.

Madrid fue también el altavoz desde el que el Papa interpeló al Viejo Continente: «¿Sería Europa ella misma sin la huella de la fe?». Reivindicó a la Iglesia como «experta en humanidad» y pidió no temer que la eternidad impregne la cotidianidad, citando la belleza creada por Lope de Vega o san Juan de la Cruz. Esta etapa madrileña culminó con un Bernabéu convertido en un «himno de fe» ante 70.000 personas, donde el Papa pidió pasar de una fe de «hoja de cálculo» a una polifonía de esperanza, recuperando el grito de la mística española para desterrar el miedo: «¡Nada os turbe, nada os espante!».

En Cataluña, el Pontífice buscó los matices de la unidad. Usando el catalán para pedir «mártires de la concordia», León XIV denunció una sociedad fracturada por el individualismo. El momento culminante en la Sagrada Familia, al coronar la torre de Jesucristo, sirvió como metáfora de su mensaje: la vida cristiana es una «obra en construcción» permanente. No se trata de batir récords de altura, sino de dejarnos hacer por Dios, que es quien puede transformar las «piedras vivas» en una auténtica obra de arte, coronada por esa cruz que, como en la aguja del templo catalán, recuerda que el sacrificio de Cristo es lo único que revela la verdad de nosotros mismos.

En Montjuïc, el Papa pidió deponer las «corazas» del odio y advirtió sobre el riesgo de «espiritualizar el dolor» o reducirlo superficialmente a la «voluntad de Dios»; en Montserrat con el potente rezo del rosario junto a la comunidad benedictina, puso en evidencia esa «pedagogía del amor» que ya defendiera su predecesor, León XIII. Al rezar el rosario en Montserrat, el Papa evidenció la verdadera naturaleza de su autoridad: la de quien se reconoce hijo y se confía a Dios a través de María.

Fue en Canarias donde el mensaje se volvió más social. Desde el muelle de Arguineguín, interpeló a Europa por los «cementerios sin lápidas» del Atlántico y defendió el derecho a no tener que migrar. También en Gran Canaria, diagnosticó el mal de nuestro tiempo: ese «yo ampuloso» que nos impide escuchar a Dios, proponiendo la humildad del Sagrado Corazón de Jesús–advocación tan arraigada en nuestro país– como la receta para una nueva humanidad.

En la catedral de Santa Ana en Las Palmas de Gran Canaria, el Papa destacó que «los santos experimentaron la nostalgia de Dios», utilizando un símil de San Agustín para explicar que solo a través de la cruz de Cristo es posible atravesar el turbulento «mar de este mundo». El Pontífice vinculó la identidad isleña con una «sana nostalgia de inmensidad» y apeló a la hospitalidad cristiana, afirmando que un corazón sensible debe estar dispuesto a «recibir con los brazos abiertos a los que llegan».

España ha recibido a un Papa que ha hablado con la claridad de quien sabe que esta nación atraviesa un marasmo de tedio y una preocupante pérdida de las referencias que marcaron nuestra identidad. León XIV se va, pero queda su invitación a reencontrar las razones de la esperanza, no mirando hacia el propio bienestar inmediato, sino hacia esa Verdad que permanece cuando todas las ideologías pasan. El Sucesor de Pedro se marcha tras recordar a una España cansada que su verdadera grandeza no reside en el bienestar inmediato, sino en la capacidad de volver a alzar la mirada hacia lo eterno.

Fuente: El Debate