Miércoles 24.04.2019

UNA CUESTION DE FE

Los argentinos que viven de milagro

Por: Sergio Rubin

La Santa Sede estableció en las últimas décadas once milagros en el país.
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El pequeño Manuel, de apenas un año y medio de edad, desapareció de la vista de los mayores una fría tarde de julio en la quinta de sus tíos, cerca de la localidad entrerriana  e Nogoyá. Los peores presagios comenzaron a ganar a todos a medida que pasaba el tiempo y el chico no aparecía. Hasta que lo
encontraron en la pileta llena de agua estancada, boca a bajo, inmóvil, sin ningún signo vital. “Manuelito estaba frío como un mármol y pesado por el agua que había tragado, con una baba blanca que le salía de la boca”, recuerda hoy su mamá, Alicia Silio de Vilar. Su hermana, con algún conocimiento
médico, confirmó lo peor: “No tiene pulso”.
En una carrera desesperada, lo  levaron al hospital San Blas de Nogoyá, donde el médico de guardia constató la ausencia de signos vitales. No había latidos cardíacos ni respiración. De todas formas, inició los auxilios de práctica para un ahogado. En el pasillo, Alicia empezada a aceptar que su hijo
estaba muerto. Fue entonces que por sugerencia de una amiga comenzó a rezarle a la Madre Maravillas, una carmelita española con fama de milagrosa que murió en 1974. Alicia había escuchado hablar de ella en el monasterio carmelita de Nogoyá. Incluso, años atrás le había rezado para que su
marido consiguiera trabajo, gracia que la monja le concedió.
Recordó la oración a la Madre Maravillas y comenzó a serenarse. Sintió que la monja carmelita le daba la certeza de que Manuelito se salvaría. Llegó a serenar a los que los rodeaban, quienes creyeron que estaba sufrieron un tras - torno por el golpe emocional que había recibido. A los 35 minutos de haber iniciado los ejercicios de resucitación, el médico comunicó que el chico vivía, pero que, en el mejor de los casos, quedaría en estado vegetativo por todos los minutos que no respiró. Manuelito fue inmediatamente trasladado al hospital San Roque, de Paraná, con respirador artificial. Al llegar, los médicos vaticinaron que, muy probablemente, Manuel no pasaría la noche.
Pero 19 horas después, ocurrióalgo asombroso: el chico, todo entubado, se incorporó en la camilla, se sacó el catéter y comenzó a llamar a la madre. Dos días después, el chico fue dado de alta sin que presentara secuela alguna. “Los médicos no lo podían creer”, cuenta Alicia. Pero ella estaba segura
de que la vuelta a la vida de Manuel había sido producto de un milagro por intercesión de la Madre Maravillas. De hecho, el caso fue presentado ante el Vaticano para que se estudiara si efectivamente fue un hecho milagroso y así posibilitar la canonización de la Madre Maravillas. En 2001, una junta médica confirmó que se trató de un hecho “inexplicable para la ciencia”.
El caso de Manuel es uno de los once sucedidos en el país en lasúltimas décadas que fueron reconocidos por la Santa Sede como milagros. Y que sirvieron para que hombres y mujeres que murieron con fama de santidad llegaran a los altares. Porque para que un católico que tuvo una vida cristiana
ejemplar -confirmada tras un profuso estudio- llegue a ser declarado beato hace falta que se compruebe que Dios obró un milagro por su intercesión. Y otro más, para que sea proclamado santo. Según dice la periodista Marta Noce en su libro “Milagros en la Argentina”, además de la canonización de la Madre Maravillas, los milagros aceptados por el Vaticano en el país permitieron la beatificación de la monja cordobesa María del Tránsito Cabanillas; la española Nazaria March Mesa y la italia-na Antonina de Angelis (sor Ludovica); el sacerdote francés Guillermo Chaminade, y el español Faustino Miguenz, y el enfermero italiano de la patagona Artémides Zatti. Y la canonización de la italiana María Josefa Roselló y del sacerdote francés Miguel Garicoits (dos). A los que debe sumarse el que posibilitó, en 2007, la beatificación, de Ceferino Namuncurá. 
Este último caso, se produjo en 1999 cuando los médicos le diagnosticaron a la cordobesa Valeria Herrera de Koua, que por entonces tenía 24 años, un virulento cáncer de útero. “Dijeron que la metástasis en los pulmones y en el hígado serían fulminantes”, recuerda.  “Nunca olvidaré aquel viernes en que me comunicaron que tenía un coreocarcinoma que me mataría en pocas semanas”, relata. Y agrega: “Cuando mi esposo salió esa noche al patio a tomar fresco me fui a mi dormitorio y encontré sobre la mesita una revista con la vida de Ceferino. La leí y  lo sentí cerca. Entonces, casi lo increpé.Le dije: ¿A vos te hace falta un milagro?: Hacémelo a mí”.
 Hoy dice que fue muy dura con el indiecito, que pecó de soberbia. Pero que se sintió identificada con él porque también había sido, como
ella, un misionero que sufrió una enfermedad grave siendo muy joven. Lo cierto es que, al lunes siguiente, grande fue el asombro cuando los médicos comprobaron que los ocho tumores del tamaño de una perla habían desaparecido. “¿Qué pasó?”, dijeron. A lo que ella respondió con otra pregunta: “¿Ustedes creen en los milagros?”. La historia clínica se cerró con dos palabras: “involución espontánea”. Hoy Valeria tiene tres hijos. Pero los milagros comprometen. Como lo admite Elena Otero de Gaudino, que se salvó de un tumor  en la tiroides con ramificaciones en la laringe y la faringe uego de rezarle al padre Chaminade, fundador  de los marianistas. “Debemosagradecer dando testimonio de nuestra fe”, dice.