VATICINAN QUE VIVIRÁN CON INTENSIDAD LA SEMANA SANTA

Los ucranianos se aferran a su fe ante el horror de la guerra

Por: Sergio Rubin

En las zonas menos afectadas por invasión, los cristianos ortodoxos -que son la mayoría- se vuelcan a los templos. También los católicos, que se confiesan y comulgan más.
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Desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania las campanas de las iglesias greco-católicas de todo el país continúan sonando, aunque no para convocar a la oración, sino para alertar sobre posibles ataques con misiles. Además, los sótanos de los templos se convirtieron en refugios. Así que cuando suenan las campanas la gente que no tiene un lugar seguro donde guarecerse corre a las iglesias. Los templos son también centros de acogida de refugiados en tránsito hacia otros países y de acopio y reparto de donaciones de alimentos y medicamentos. Ello no implica una disminución de los oficios religiosos. Por el contrario, hubo que incrementarlos por la mayor necesidad de los fieles de recurrir a la fe e implorar a Dios el restablecimiento de la paz.

A las puertas de la Semana Santa que en Ucrania empezará el próximo domingo -porque los ortodoxos no se guían por el calendario gregoriano, sino por el juliano- se descuenta que el fervor religioso se manifestará en toda su magnitud. Más del 80 % de los casi 45 millones de habitantes son cristianos, la mayoría de iglesias ortodoxas escindidas de Roma, más la greco-católica (de rito bizantino) con 4 millones de fieles y la católica (de rito latino) con un millón. Sin embargo, ir al templo en Ucrania depende obviamente de la zona. “Hay ciudades como Mariupol, Kharkiv, Chenihiv donde la gente, si sobrevivió, se quedó sin nada y muchas iglesias fueron destruidas”, dice el sacerdote católico bizantino Josafat Boyko.

En diálogo telefónico con Valores Religiosos desde su parroquia en la ciudad de Ivano-Frankivsk, en el oeste del país, a unos 200 km de la frontera con Polonia, el padre Boyko señala que la vida en esa región es menos dramática. Aunque cuenta que hasta ahora fue atacado dos veces el aeródromo militar que está a un km de la iglesia. No obstante, apunta que a los fieles de su comunidad parroquial que decidieron permanecer en el país -y que “comulgan y se confiesan mucho”, destaca-, se sumaron muchas familias -mujeres con niños- que llegaron de las regiones del este y del sur, más afectadas por la guerra, en tránsito hacia otras naciones europeas, las cuáles requieren asistencia material y espiritual.

“La vida en tiempos de guerra es una vida con sentimientos particulares y no totalmente comprensibles. Para un sacerdote es una oportunidad de especial servicio, de especial creatividad un campo ilimitado para la realización de su misión. Es, por supuesto, un tiempo especial para olvidarse de sí y pensar en los demás”, dice el padre Josafat, que si bien es ucraniano, pertenece a una congregación argentina, el Instituto del Verbo Encarnado, especialmente presente en países de minoría católica, varios sumidos en conflictos. Y que en Ucrania cuenta con 13 sacerdotes y 60 religiosas. En ese sentido, agrega que la guerra exige “dedicar más tiempo a la oración, a hablar, a consolar y a asistir”.

Subraya que “es algo grandioso de ver cómo se involucran no solo los sacerdotes, sino los religiosos, las religiosas y los seminaristas y no se esconden en sus casas y monasterios para ‘esperar’ el fin de la guerra en familia o en soledad. ¡Eso no sería honesto! Este es el tiempo -enfatiza- de estar al frente de la propia comunidad como la Iglesia lo pide”. Afirma que en su parroquia tienen “vigilias de oración diaria desde las 15 hasta las 20, luego el rezo del Rosario y finalizamos con la celebración de la Divina Liturgia (la misa) pidiendo por el cese de la guerra y para que Dios proteja nuestra tierra natal de los invasores y sea apoyo para nuestros aguerridos soldados”.

Pero también destaca el servicio social que presta la Iglesia. Por caso, dice que seminaristas del seminario teológico “San Josafat”, de Ivano-Frankivsk, y del seminario “Del Espíritu Santo”, de Lviv, están recolectando las donaciones que llegan y atendiendo a los necesitados, dándoles comida. También albergando a los refugiados y asistiéndolos en todo lo que les sea posible. Cuenta que organizaciones caritativas como Cáritas y la Orden de Malta “están haciendo un trabajo titánico con todo su personal especializado más una legión de voluntarios ante una cantidad de refugiados cada vez mayor, pese a que ya se fueron del país más de tres millones”.

En su parroquia, relata el padre Josafat, se reciben comestibles que traen los vecinos más los que envían benefactores de diversos países, se los distribuye en cajas y tres veces por semana hay gente que se arriesga y las lleva en minibuses a las zonas más calientes de la guerra. También llevan ropa y medicamentos. Además, las dos habitaciones de huéspedes con que cuenta son usadas como alojamiento temporario para las familias en tránsito hacia otros países. No menos importante es la contención espiritual que se brinda a las familias que huyen de la guerra, muchas de ellas dejando a seres queridos combatiendo o que sufren la muerte de uno o varios de ellos.

Ahora bien, ¿en qué medida ayuda la fe a afrontar todo este drama? El padre Josafat dice que ayuda mucho si realmente se cree. “Aunque no sabemos por qué Dios permite estas calamidades, la persona de fe encuentra la fuerza para sobrellevar la situación, está más tranquilo porque tiene su confianza puesta en Dios”, sostiene. De hecho, eso explica la mayor asistencia a los templos. Pero afirma que es muy doloroso que el país agresor también sea de mayoría cristiana y que el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, Kirill, “bendiga a los soldados, a las armas para que vengan a matar a nuestra gente”.

Por otra parte, Boyko considera “un acontecimiento histórico” que al cumplirse la cuarta semana de la invasión el Papa haya consagrado a Ucrania y Rusia al Inmaculado Corazón de María con la esperanza de que su intercesión ante Dios permita alcanzar la paz en una nación que sufrió en el último siglo dos guerras mundiales y una hambruna con millones de muertos. Recuerda que la Virgen María en su aparición a los tres pastorcitos en Fátima, Portugal, en 1917, pidió que se rezara por la conversión de Rusia y su consagración ante la amenaza que representaba la instauración del régimen comunista. Es que tras la consagración que hizo Juan Pablo II en 1984 comenzó a derrumbarse la URSS.

En vísperas de la Semana Santa, Boyko espera que se den las condiciones en su ciudad para poder realizar los oficios religiosos, en particular el Via Crucis por las calles. Pero señala que “lo que estamos esperando es que termine la guerra y los rusos se vayan de nuestra tierra. Estamos rezando por eso -añade- porque hicieron un desastre. Muchos civiles muertos, entre ellos muchos niños, muchas mujeres violadas. Muchas ciudades destruidas. En otras palabras, el pueblo ucraniano está siendo víctima de un genocidio”.

Tras señalar que “las personas espirituales debemos luchar con armas espirituales, con el sacrificio y la entrega de uno mismo”, manifestó que “tenemos esperanza de que Dios va a intervenir para que todo esto termine”. Y concluyó: “Nosotros rezamos y creemos que con nosotros está Dios, y si Dios está con nosotros, entonces, ¿quién estará contra nosotros?”.