Meditaciones sobre el final del año

Por: Daniel Goldman

La vejez de Adán. Un Midrash nos recuerda que las experiencias son las que nos hacen ser quienes somos.
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Llegando al final de este año que marca el calendario gregoriano, quisiera compartir un Midrash, un antiguo relato de la literatura rabínica en el que se cuenta que Dios, mucho tiempo después de haber expulsado al primer hombre del jardín del Edén, lo invitó a regresar. Adán le respondió que ya había olvidado cómo era aquel asunto del paraíso. En aquel diálogo, Dios continuó diciendo: “El jardín es maravilloso. En el jardín no hay ocupaciones ni hay preocupaciones. En el jardín no hay tareas ni sufrimiento. En el jardín no hay trabajo ni discusiones. En el jardín no hay tiempo ni muerte. Son jornadas tras jornadas en la eternidad de la existencia, pero en la que vas a olvidar todas las experiencias y costumbres de la vida”.

Relata el maravilloso Midrash que Adán escuchó atentamente las frases en las que Dios contaba: que allí no había faena, lucha, dolor ni muerte. Entonces observó el rostro de Eva, la mujer a la que amaba, con quien había luchado para construir una vida tomando el pan de la tierra, criando a sus hijos y edificando una casa. Pensó en los dolores y los achaques que ya habían adquirido por la edad, en las desilusiones que habían digerido, en las tragedias que habían superado, en las alegrías que habían acariciado, en los momentos que habían compartido. Por eso contestó enfática y vehementemente: “¡No mi Señor, no mi señor!”.

Adán tomó la mano de Eva, se marcharon juntos a su hogar y allí concluye el relato.

Esta leyenda de sensible profundidad nos enseña que no amerita volver al idílico Edén bajo el riesgo de abandonar la completa experiencia de la historia del hombre. Dicho de otro modo: ¿alguien nos puede pedir renunciar al encanto de “la experiencia” que dejan las arrugas? La fuerza de la narración radica en que nadie, absolutamente nadie, deja de lado sus vivencias a cambio del olvido, por más duras que estas hayan sido. Porque abandonar las experiencias es como despojarse del alma.

Así como muchos de ustedes, tuve un año rico en experiencias. Bellas y de las otras. Y no renunciaría a ninguna, por más jardines que me prometan a cambio de dejarlas. “Somos criaturas, en la medida en que tengamos la fuerza de transitar nuestro tiempo. Y el tiempo, en su acumulación de vivencias, hace que existamos” solía decir Tzvi bar Itzjak.

Muchas veces, la experiencia robustece la vida humana. Y aunque tengamos momentos de prueba en nuestros ideales y utopías, es el tiempo transitado en la experiencia, el de los surcos del rostro y de las canas en los cabellos, el que manifiesta quiénes fuimos y quiénes somos. “Ser” humano es poder ser alguien que no está dispuesto a abandonar su pasado simplemente por abrazar una supuesta eternidad intrascendente. Jamás dejaría las experiencias que la vida me dio por vivir perpetuamente olvidando los sueños que tuve.

Deseo que en este fin de año, al elevar nuestras copas en la contingencia de un encuentro, recordemos las experiencias del tiempo recorrido y brindemos por un futuro de armonía.