Pedro Opeka, el "albañil de Dios" que construyó esperanza

Por: Sergio Rubin

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Al ver unos niños que peleaban en un basural por un trozo de cerdo para comer, el padre Pedro Opeka pensó: “Tengo que hacer algo, esta gente no puede vivir así, Dios no lo quiere, son los hombres los que lo permiten, sobre todo los políticos que no cumplen lo que prometen”. Así, a mediados de 1989, se juntó con gente que vivía en casas de cartón junto al basurero municipal de Antananarivo, capital de Madagascar, y les dijo: “Si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar”.

Este relato figura en el libro “Viaje a la Esperanza” ( Ed. Lumen, 2006) del escritor argentino Jesús María Silveyra tras haber pasado un tiempo en Madagascar para conocer in situ la obra de este sacerdote argentino, centrada en el trabajo y la educación para que el pobre recupere su dignidad, no en el asistencialismo, que lo llevó a fundar la Asociación Humanitaria Akamasoa (“Los Buenos Amigos”) y levantar con sus futuros 25 mil habitantes en cinco poblados con miles de viviendas, además de colegios, dispensarios y clubes. Y poner en marcha emprendimientos productivos.

Nacido en San Martín, en el gran Buenos Aires, en 1948, hijo de inmigrantes eslovenos que huyeron de los horrores de la guerra, Pedro abrazó desde pequeño su pasión por el fútbol y a la vez adquirió conocimientos de albañilería por la ocupación que tenía su padre. Aquella capacitación le valdría el mote de “el albañil de Dios” porque se volvería muy útil para todas las edificaciones que más tarde levantaría. Tras estudiar en el colegio de los vicentinos en Lanús y Escobar, a los 18 años, ingresó al seminario de San Miguel, donde tuvo un profesor de Teología que con el tiempo se volvería famoso mundialmente: el padre Jorge Mario Bergoglio.

Enrolado en la congregación de la Misión de San Vicente de Paul, a los 20 años dejó la Argentina y viajó a Europa donde estudió filosofía y teología, con un paso de dos años como voluntario por Madagascar, uno de los países más pobres del mundo. La experiencia lo impactó y, en 1975, luego de ser ordenado en la basílica de Luján y decidió regresar para establecerse definitivamente. Sus primeros 15 años los pasó a cargo de la Misión de Vagaindrano, en el sur de la isla, donde se ocupó de la parroquia y encaró algunas obras. En 1989, con su salud quebrantada por haber contraído paludismo, se hizo cargo del seminario de la congregación en Antananarivo.

Pero la extrema gravedad de la situación social, con tanta gente viviendo en condiciones infrahumanas, lo llevó a encarar una formidable tarea de promoción social con obras concretas. Y si bien recibió ayuda del exterior, la centralidad de su acción se basó en comprometer a los habitantes en su propio desarrollo tras ganarse su confianza y ser muy respetuoso de ellos, dejando de lado todo paternalismo. “El asistencialismo, cuando se vuelve permanente (salvo extrema necesidad) convierte en dependiente al sujeto de la asistencia y Dios vino al mundo para hacernos libres, no esclavos”, dice el padre Pedro en libro de Silveyra.

Los números de su obra son contundentes: 25.000 personas tienen su propia casa en cinco pueblos de la asociación; 10.000 chicos asisten a las escuelas y 4.000 personas trabajan en canteras, fabricación de muebles y artesanías, y servicios comunitarios. Asimismo, más de medio millón recibieron hasta ahora ayuda temporal en su Centro de Acogida. Además de la posibilidad de una asistencia espiritual. La misa que oficia todos los domingos cuenta con la presencia de miles de fieles, que participan con entusiasmo entonando alegres cánticos y escuchándolo con devoción.

¿Cuál es su fórmula para salir de la pobreza?, le preguntó Clarín hace un año, durante su última visita a la Argentina. “Trabajo, disciplina y honestidad. Y respeto: no decir una cosa y hacer otra. El trabajo dignifica y hace sentir bien porque uno ha creado algo con sus manos, gracias a su capacidad y talento. Y ellos se sienten propietarios porque dicen: “Las hicimos nosotros”, “son nuestras casas”, no las casas de alguien que se las regala. Sudaron, sufrieron para lograrlo, lo cual los lleva a que no dejen que se les deteriore. Además, les queda una experiencia de superación por el esfuerzo que se las transmiten a sus hijos”.

Distinguido con la Legión de Honor, la máxima distinción de Francia, se lo menciona como candidato al Premio Nobel de la Paz. “Tengo pocas chances de recibirlo porque soy un sacerdote católico”, dice. Y completa: “Pero a mí la gente de mi pueblo me da el Nobel todos los años… Nunca tuve nada y al mismo tiempo lo tengo todo. Porque cuánto más compartí, cuánto más di, más recibí”. Pero ayer sintió que tuvo otra gran recompensa: la visita de su antiguo profesor, el hoy Papa Francisco.

Fuente: Clarín y VR