Su causa de canonización avanza en el Vaticano

Enrique Shaw: El empresario citado por el Presidente camino a ser santo

Ante la crisis económica mundial Alberto Fernández lo puso como ejemplo del capitalismo que él quiere. ¿Cuál fue la concepción de ese hombre de empresa? ¿Qué vigencia tiene su testimonio? ¿Por qué se encamina a llegar a los altares? Lo cuenta Sergio Rubin
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Sergio Rubin

En su reciente discurso con motivo del encuentro anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), el presidente Alberto Fernández pronunció un concepto muy comentado por políticos, empresarios y economistas por decir en un tramo que “no hay opción al capitalismo”, si bien este demanda ser corregido porque “se degradó”. En cambio, pasó casi desapercibida su afirmación de que el capitalismo al que aspira es el que asumió el empresario argentino Enrique Shaw, “que invertía y daba trabajo, favorecía a la empresa y beneficiaba a la sociedad".

Más allá de las discusiones sobre el capitalismo y la autoridad de los gobernantes argentinos para cuestionarlo, es oportuno que Fernández haya mencionado a Enrique Shaw. Es que su pensamiento y su vida empresarial concreta adquiere especial relevancia en estos momentos en que la crisis económica que sufre el país, agravada por la cuarentena, está poniendo en riesgo –cuando no condenando- la existencia de muchas empresas, particularmente las pymes,  y la plaga del desempleo asemeja una guillotina que amenaza cada vez a más argentinos.

Shaw –que había nacido en Paris en 1921 y murió en Buenos Aires en 1963, con solo 43 años, víctima de un cáncer- provenía de familias con muchos empresas en el país. Casado con Cecilia Bunde, con quien tuvo nueve hijos, inicialmente optó por ser oficial de la Marina, donde llegó a ser el egresado más joven, pero siendo teniente de fragata optó por la actividad empresarial. Su mayor empeño profesional fue como gerente general de Cristalerias Rigolleau, caracterizándose por una visión profundamente humana y cristiana de la empresa.

En 1959 lo sorprendió una severa crisis en su compañía que determinó que su directorio dispusiera el despido de 1200 obreros. Shaw –que consideraba que el primer deber del empresario es dar trabajo y al desempleo “más que un daño económico, un mal moral”- se movió intensamente para convencer a sus pares de evitar una media tan extrema. Logró que se determinara un monto que la compañía debía perder mientras trataba de sortear la tormenta. Al final lo logró y como todo aquel dinero no había sido utilizado, dispuso que el resto se donara a los obreros.

Cuando su vida se apagaba y se requirió donantes de sangre, los obreros formaron una larga fila en la puerta de la clínica para donarla. Tras las transfusiones Enrique exclamó: “Ahora puedo decir que toda mi sangre es obrera”. Fundador de ACDE, autor de muchas publicaciones donde proyectaba la Doctrina Social de la Iglesia al quehacer empresario, su vida fue motivo de una causa de canonización actualmente muy avanzada en El Vaticano. Se encamina así a ser el primer empresario del mundo en ser declarado santo.  

En un país como la Argentina, donde los empresarios –a veces con razón, a veces sin ella- son denostados, el ejemplo de Shaw es estimulante. Y aunque en muchos casos los despidos parecen inevitables, tratar de imitar los esfuerzos de Enrique para salvar el empleo puede ser un camino de los hombres de empresa para reconciliarse con la parte de la sociedad que los mira con desconfianza.

Fuente: Clarín y VR