JUDÍOS

Rastros de luz que iluminan la vida

Por: Daniel Goldman

Acaba de concluir Januka, la fiesta que evoca cómo se mantuvo encendida la fe judía.
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Hace pocas horas acaba de concluir la conmemora- ción de Januka, conocida como “la fiesta de las luminarias”. Es también en esta tierra polifacética y ricamente diversa, que pudimos ver candelabros de ocho brazos en sus plazas, en las que se encienden velas en cada uno de los días de la celebración.

A través de esa luz, los judíos rememoramos la antigua lucha y la resistencia de los Macabeos contra la hegemonía helenista. Según el Talmud, al terminar la guerra, esos luchadores retornaron a la ciudad de Jerusalén y hallaron al Templo profanado y al tradicional candelabro apagado. Pero encontraron escondido un receptáculo con aceite que iría a alcanzar para que estuviese encendido un solo día. Sin embargo, el poco óleo que tenían mantuvo ardiente al cande- labro durante una semana y un día. El milagro de la luz otorgó una sólida identidad y condujo al pueblo a su liberación.
Conocemos la historia y sabemos cómo batallaron para rechazar la idolatría de la cultura griega, en aras de reverenciar un Dios único. Sabemos los pormenores del hallazgo de la pequeña vasija que contenía aceite de oliva puro no profanado. Dicen los exégetas modernos que conocemos a todos los héroes de esta historia, excepto a uno: a “aquel que enterró la pequeña vasija de aceite”. 
Cabe entonces la pregunta: ¿por qué lo hizo? Los seléucidas ingresan a Jerusalén. Traen una cultura sofisticada y se- ductora. La filosofía, las artes, el teatro, el deporte, llena la ciudad santa y eclipsa la tradición judía. Les ex exigido a los hebreos que abandonen sus costumbres. Pero no todo el mundo sucumbió a esa orden. Hubo un héroe anónimo que pudo ver las cosas con mayor claridad. Vislumbró un lado oscuro del mundo griego. Percibió que ese giro de grandeza y poder, llevaría consigo la desaparición de su propias costumbres, ritos, y de su modo particular de aproximarse a la sacralidad de la vida.

Al ocultar el aceite se negó a reverenciar la estética del cuerpo por sobre las cualidades del alma, presintiendo que había esperanza y que la tradición judía retornaría. Que volvería la imagen de un Dios reflejado en la justicia, en la compasión, en la sabiduría ancestral y no en la falsa imagen de la mera superficialidad.

Seguro que por todo ello escondió la pequeña vasija: creyó que en algún momento se volvería a encender la luz de la fe judía. Los protagonistas fueron los Macabeos pero ese ser anónimo resulta ser nuestro ancestro espiritual. En un mundo cargado de insensibilidad, honremos a esos seres que en silencio dejan rastro de luz y que nos invitan a buscarlo para hacer brillar la existencia.