Miércoles 24.04.2019

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

¿Se extingue el matrimonio?

Por: P. Guillermo Marcó

Acaso el trasfondo del Sínodo de Obispos sobre la Familia que sesiona en Roma sea una cultura que no promueve el compromiso matrimonial para toda la vida; ni siquiera el casamiento. Y su gran desafío, cómo revertirlo.
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La cultura es un proceso de cambio permanente y que, a su vez, sufre la tensión con los valores perennes. Woody Allen no puede pintarlo mejor en su última película titulada “Hombre irracional”. El director norteamericano expone sus dilemas de siempre -el sentido de la vida, el amor y la pasión, la significación de los valores- a través de los dos personajes protagónicos, cuyo trasfondo es la famosa novela de Dostoievski “Crimen y castigo”. La protagonista tiene un noviazgo sólido, pero juega a la seducción con su profesor y, ante la resistencia de este, se encapricha, logra una relación, hace una doble vida y, finalmente, su novio la deja. Ella sigue con su profesor hasta que la revelación de la parte más oscura de este la escandaliza y vuelve con su novio de siempre. No cuento lo más dramático de la trama porque vale la pena verla. Las grandes preguntas que plantea la película son: ¿qué puede motivarte? ¿vale la pena el amor de siempre o hay que dejarse guiar por la pasión? ¿en nombre de una buena causa se puede hacer cualquier cosa?
Quizás todo esto esté en el trasfondo de las discusiones del sínodo de obispos sobre la familia que se está realizando en el Vaticano: ¿cómo formamos e invitamos a vivir los valores de siempre en una cultura tan cambiante? ¿es posible una pastoral para acercar a Dios a tanta gente que, a criterio de la doctrina tradicional, se encuentra más afuera que adentro de la Iglesia? ¿hay que abandonar la enseñanza de siempre y adecuarse a la cultura que impera en este tiempo? La Iglesia sostiene un cuerpo de doctrina que se fundamenta en las enseñanzas de Jesús en el Evangelio; la tradición nos enseña cómo esos textos se han vivido a lo largo de los siglos, ciertamente no en forma inamovible, ya que “tradición viene de “tradere” que significa “entregar”. Cada generación ha hecho su aporte para entender y enriquecer la doctrina.
Durante siglos, y aún en la época de Jesús, el matrimonio no era más que un acuerdo entre partes: dos familias acordaban unir a sus hijos, incluso bajo precio (la dote). Así, en la empresa común de estar juntos, quizás crecía el amor. En la cultura de hoy el móvil para estar con otra persona es primero el amor. Cabría especificar que, si nos referimos sólo al amor romántico, valdría la experiencia del Don Juan que nunca persevera en ninguna relación porque sólo busca enamorarse. El amor matrimonial es una decisión consciente, fundada en un enamoramiento inicial, pero que busca en esa vocación un desafío. Traspasar los propios límites del egoísmo y abrirse a la generosidad. Vivir una entrega que se proyecta en los hijos.
Por otra parte, es importante que la Iglesia se tome en serio la formación en la fe y las convicciones de los jóvenes. Si cada comunidad es capaz de educar, entusiasmar y enamorar en el seguimiento de Jesús, las chicas y muchachos entenderán la vocación al matrimonio como una aventura donde también se asumen riesgos, se trabaja en un proyecto en común que es la familia y es eso lo que plenifica y hace felices a las personas.
Sin dejar de atender a los desilusionados y los que por diferentes circunstancias fracasaron en este proyecto y quieren volver a intentarlo, no podemos perder de vista la belleza del ideal al que debemos invitar a vivir. El que propuso Jesús. El hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y los dos serán una sola carne. Por tanto, el hombre no debe separar lo que Dios ha querido unir.