Subirse a la ola y dejarse llevar

Por: Padre Santiago Arriola

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Todo empezó con nada, y luego un encuentro, un diálogo, algunos sueños compartidos, personas, recursos, y fue brotando la Escuela de Mar y Playa, como un lindo río de vida rumbo al Mar. Un río que no es de nadie y es de todos, como la vida misma.

Hubo un lienzo en blanco, un futuro mural, un trabajo colectivo. Alguien se animó a pintar algo, una línea, un manchón, con un color, después con otro.

La pregunta es cuál es la historia que se va contando. No la que queremos o debemos contar, sino la que se quiere contar a través nuestro. Los pibes miran, se miran, miran hacia adentro, miran el lienzo, y van descubriendo esa trama secreta que ya estaba allí y que a la vez se va pintando entre todos.

Después hubo viento, el soplo justo para embolsar y permitir el vuelo de unos barriletes caseros hechos con bolsas de residuos, varillas de madera y tela adhesiva. El barrilete tiene un lado que espera y pide el vacío del aire y el soplo del viento que lo levante hacia lo alto. Ese lado de la bolsa de plástico del barrilete sabe que no será posible su vuelo sin ese vacío, sin esa nada.

También hubo mar. Un mar generoso, trabajando en equipo con el viento de tierra, levantando y regalando unas olas perfectas sobre un piso de agua claro y liso, como el vidrio.

A medida que se va armando la ola se va generando ese vacío por delante de la masa de agua. Es una invitación a surfear. Irresistible nada que llama a adentrarse en ese hueco para subirse a la ola y dejarse llevar. Bendito hueco en el agua, fuente de inagotable alegría para quien se anima a habitarlo en movimiento.

Hubo páginas llenas de historias. Historias que le fueron poniendo palabras a aquello que todos en el fondo vivimos. Porque lo más personal es siempre lo más universal, dicen. Fue pasando. Mientras se iba contando la historia de Laura también se iba contando la nuestra.

Y se dijo lo que no nos animábamos a decir. Ella lo dijo, en nombre de todos. Y hubo tanto más. Aquí aprendí y aprendo a escuchar, y a que esa escucha sea gesto de amor. Hay tanto para escuchar, en la playa, en la vida de los pibes, en aquellos que nos van visitando, en nuestro interior.

Hay tanta belleza para ser escuchada. Y en la escucha se da ese milagroso encuentro entre la nada y el todo.

Y eso es siempre una hermosa historia de amor, para ser nuevamente contada, nuevamente escuchada